Textos fundamentales

El arte popular mexicano tiene sus raíces en las diversas culturas prehispánicas, como lo demuestran las manifestaciones artísticas puras, que por su natural aislamiento han sobrevivido hasta el presente: elaborados trabajos en oro y plata, textiles manufacturados en telar de cintura, infinidad de objetos de cerámica, pinturas, esculturas e inscripciones talladas en piedra, plagadas de simbolismos míticos, históricos y religiosos con indiscutibles cualidades estéticas.

En México, con territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados, por su ubicación geográfica (en la zona de contacto entre la región neártica y neotropical), su accidentada topografía y la influencia oceánica ocasionada por la estrechez de su masa continental, existen una variedad de climas que van desde los cálidos húmedos y secos hasta los polares o fríos, sobre los cuales se distribuyen 32 tipos de vegetación que pueden agruparse en cinco grandes regiones ecológicas.

La adaptación y el conocimiento detallado de los diferentes espacios naturales donde se han asentado los grupos humanos en el curso de la historia, es el origen y fundamento de esta vasta riqueza cultural. Desde las altas montañas hasta las costas, en las selvas secas y lluviosas, en los desiertos y en los bosques, así como en las riberas de ríos y lagunas, el hombre ha sabido aprovechar los recursos de la naturaleza.

En México, hace miles de años, estos pueblos comenzaron a construir ciudades imperiales, palacios y templos grandiosos; además de hacer de las cosas cotidianas objetos de arte, todo lo han creado y recreado hasta nuestros días, dándole un toque estético singular.

Su creatividad es innegable, y sobresale porque se erigen en impulsores y modeladores del arte tradicional de sus comunidades, al conservar y transmitir las técnicas ancestrales que, por un lado, heredan y, por otro, enriquecen. Un gran maestro destaca de entre un grupo de artesanos y se convierte en ejemplo, con base en la fuerza y la belleza de sus piezas, en su excelente manufactura y en el cuidado del diseño, en su trayectoria en la producción artesanal y en el reconocimiento de la comunidad.

El coleccionismo durante el periodo virreinal se enfocó en las antigüedades y objetos curiosos. Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y Antonio de Ulloa se cuentan entre los más reconocidos coleccionistas de este periodo que marcó el inicio de una nueva era en el arte que, más que indígena, mestizo o criollo, es auténticamente mexicano.

Como bien afirma Roberto Echeto: “Decir que el arte popular es apenas un arte del pueblo para el pueblo… es no entender su complejidad”. En efecto, desestimar las manifestaciones artísticas por tener rasgos étnicos o rurales, por no ceñirse a los cánones académicos o por ignorar su fecundo simbolismo, significa privarse de una belleza espontánea, ignorar obras maestras que jamás se repiten.

Al crearse el museo, Dolores Olmedo entregó una colección de objetos modestos, unos sencillos y otros más de gran valor que persiguió con obsesión, sin in – tención de atesorarlos como bienes sino como ofrenda a la cultura y al arte del pueblo de México.

A principios del siglo XX numerosos museos, universidades y coleccionistas privados en los Estados Unidos empezaron a coleccionar arte popular mexicano. Algunos lo hicieron de manera informal, porque como resultado de viajes incidentales querían capturar algo de la magia que habían experimentado en su breve estancia en México.

En el proceso de comunicación del arte popular, los artesanos son los emisores de un conocimiento y una habilidad transmitidas de generación en generación; las artesanías son los mensajes visuales, táctiles, auditivos, olfativos y gustativos contenidos en objetos producto del talento y la perseverancia de sus creadores; los receptores somos quienes nos deleitamos con esas obras que simbolizan la fidelidad de un pueblo a sus visiones del mundo.

En consecuencia, debemos entender que los cánones occidentales acerca del arte no pueden aplicarse a un mundo que partió de otros parámetros para dar cabida a sus expresiones estéticas. Por eso, en otras ocasiones he dicho que para penetrar en el mundo prehispánico es necesario estar libre de pecado occidental … aunque es difícil despojarse de nuestro actual entorno cultural.

El pensador que sintetiza estas dos posiciones extremas de la estética del siglo XVIII, aunque sin duda se identifica más con la española, es el jesuita mexicano Pedro José Márquez, primer escritor que revalora el arte de los antiguos mexicanos mediante una restauración, a la manera clásica, del mundo indígena. Entonces es cuando las expresiones de los antiguos mexicanos empiezan a ser comprendidas y consideradas plena mente como objetos de arte.