SITIO EN CONSTRUCCIÓN

Textos fundamentales

A lo largo del año se celebran en el país no menos de ciento veinte fiestas religiosas tradicionales, incluidas las que conmemoran los dos acontecimientos más importantes del calendario ritual católico: el nacimiento y la muerte de Cristo. A éstas se añaden las del santo patrón de cada ciudad, pueblo o iglesia; las de los santuarios a los que se dirigen las peregrinaciones; las propiciatorias relacionadas con el ciclo agrícola, y para culminar, la mayor de todas, la celebrada en honor del símbolo máximo de la religiosidad mexicana: la Virgen de Guadalupe.

El arte popular mexicano tiene sus raíces en las diversas culturas prehispánicas, como lo demuestran las manifestaciones artísticas puras, que por su natural aislamiento han sobrevivido hasta el presente: elaborados trabajos en oro y plata, textiles manufacturados en telar de cintura, infinidad de objetos de cerámica, pinturas, esculturas e inscripciones talladas en piedra, plagadas de simbolismos míticos, históricos y religiosos con indiscutibles cualidades estéticas.

En México, con territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados, por su ubicación geográfica (en la zona de contacto entre la región neártica y neotropical), su accidentada topografía y la influencia oceánica ocasionada por la estrechez de su masa continental, existen una variedad de climas que van desde los cálidos húmedos y secos hasta los polares o fríos, sobre los cuales se distribuyen 32 tipos de vegetación que pueden agruparse en cinco grandes regiones ecológicas.

La adaptación y el conocimiento detallado de los diferentes espacios naturales donde se han asentado los grupos humanos en el curso de la historia, es el origen y fundamento de esta vasta riqueza cultural. Desde las altas montañas hasta las costas, en las selvas secas y lluviosas, en los desiertos y en los bosques, así como en las riberas de ríos y lagunas, el hombre ha sabido aprovechar los recursos de la naturaleza.

En México, hace miles de años, estos pueblos comenzaron a construir ciudades imperiales, palacios y templos grandiosos; además de hacer de las cosas cotidianas objetos de arte, todo lo han creado y recreado hasta nuestros días, dándole un toque estético singular.

Su creatividad es innegable, y sobresale porque se erigen en impulsores y modeladores del arte tradicional de sus comunidades, al conservar y transmitir las técnicas ancestrales que, por un lado, heredan y, por otro, enriquecen. Un gran maestro destaca de entre un grupo de artesanos y se convierte en ejemplo, con base en la fuerza y la belleza de sus piezas, en su excelente manufactura y en el cuidado del diseño, en su trayectoria en la producción artesanal y en el reconocimiento de la comunidad.

El coleccionismo durante el periodo virreinal se enfocó en las antigüedades y objetos curiosos. Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y Antonio de Ulloa se cuentan entre los más reconocidos coleccionistas de este periodo que marcó el inicio de una nueva era en el arte que, más que indígena, mestizo o criollo, es auténticamente mexicano.

En consecuencia, debemos entender que los cánones occidentales acerca del arte no pueden aplicarse a un mundo que partió de otros parámetros para dar cabida a sus expresiones estéticas. Por eso, en otras ocasiones he dicho que para penetrar en el mundo prehispánico es necesario estar libre de pecado occidental … aunque es difícil despojarse de nuestro actual entorno cultural.

El pensador que sintetiza estas dos posiciones extremas de la estética del siglo XVIII, aunque sin duda se identifica más con la española, es el jesuita mexicano Pedro José Márquez, primer escritor que revalora el arte de los antiguos mexicanos mediante una restauración, a la manera clásica, del mundo indígena. Entonces es cuando las expresiones de los antiguos mexicanos empiezan a ser comprendidas y consideradas plena mente como objetos de arte.

En la Nueva España, los gremios fueron los herederos de la tradición europea que surgió a partir del siglo XVI, y las Ordenanzas que los rigieron, el medio jurídico para regular las diversas artes; esto se vio reflejado en una estructura gremial que fungió como la columna vertebral rectora de las artes y los oficios novohispanos.

Con el descubrimiento de las corrientes que permitían el regreso de las naves desde aquellos lejanos parajes, todas las islas del camino, como las Filipinas (bautizadas así en honor del joven príncipe que llegaría a ser el rey Felipe I), fueron anexadas al Virreinato mexicano en forma de capitanía para conformar su vasto territorio.

La conciencia del espíritu colectivo nacional se hace patente a finales del siglo XVI, cuando la clase criolla manifiesta una abierta hispanofobia. Fue entonces cuando, amparados en la clerecía, en sus escritos defienden sus derechos de clase y sustentan una viva defensa del mundo indígena. Tal es el caso del franciscano Juan de Torquemada, que en su obra Monarquía indiana emula a sus predecesores –también franciscanos– Motolinia, Sahagún y Mendieta, en la defensa de los grupos indígenas, quienes, según el fraile, habían superado su salvajismo al dar el salto cualitativo a la civilización.