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Exposiciones y coleccionismo de arte popular

Botellón. Magdiel García Hernández, Distrito Federal, Vidrio pepiteado, Colección particular // Fotografía: Nicola Lorusso/MAP

Francisco Pérez de Salazar V

La pasión por coleccionar, sin duda tan vieja como el hombre, se sustenta en la belleza y la rareza, dos de los ingredientes fundamentales en que se basa toda colección.

En Tenochtitlan, la cultura azteca acumuló objetos que recreaban su cosmovisión y la naturaleza. Moctezuma II fundó zoológicos, jardines botánicos, y mandó construir los amoxcalli, bibliotecas donde se guardaban códices y libros de pintura, entre éstos el Códice Mendocino, que incluye una muestra de cuentas, diademas, rodelas y accesorios enviados por el virrey Antonio de Mendoza al monarca español como testimonio de la indumentaria de estas tierras.

El coleccionismo durante el periodo virreinal se enfocó en las antigüedades y objetos curiosos. Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y Antonio de Ulloa se cuentan entre los más reconocidos coleccionistas de este periodo que marcó el inicio de una nueva era en el arte que, más que indígena, mestizo o criollo, es auténticamente mexicano.

Consumada la Independencia, el pueblo se empezó a manifestar con mayor libertad. Su escaso ingreso, que le impedía acceder a artículos de lujo, importados en su mayoría, lo impulsó a fabricar enseres de la vida cotidiana como cerámica, tejidos y mobiliario. En aquellos días también se posicionó la gastronomía nacional con creaciones como el mole, los pepianes, el manchamanteles y los famosos chiles en nogada.

Los bodegones de Agustín Arrieta y las publicaciones de Luis G. Inclán, igualmente representaron la consolidación de este arte que dirigió su mirada hacia lo cotidiano y popular.

Es hacia 1870 cuando se exhibió una colección de objetos etnológicos en el Museo Nacional, entonces instalado en la vieja calle de Moneda. Esta colección y varias más fueron estudiadas por viajeros artistas, antropólogos y fotógrafos.

Según Miguel Ángel Fernández, el inicio del coleccionismo de arte popular en México data de 1921, cuando el proyecto obregonista vasconcelista conmemoró el centenario de la consumación de nuestra Independencia con una exposición temporal que conjuntó lo mejor de las manifestaciones populares de toda la República. Esta innovadora muestra tuvo entre sus más sobresalientes curadores a Roberto Montenegro, Jorge Enciso y Gerardo Murillo, quien con el sobrenombre de Dr. Atl escribió la presentación del catálogo correspondiente; fue tal el éxito de la muestra que al año siguiente se presentó en Río de Janeiro, más tarde en Los Ángeles, y por último en París.

En las tres décadas siguientes se dieron a conocer numerosos coleccionistas nacionales y extranjeros.

Se revalorizaron tradiciones al borde de la extinción, como la utilización de la grana cochinilla, el decorado de la talavera, las jaulas, las ferias populares, la forja de hierro de Chiapas y Oaxaca, la imaginería en caña y el arte plumaria.

Personalidades como Daniel F. Rubín de la Borbolla, Xavier Guerrero y Adolfo Best Maugard fueron importantes coleccionistas de arte popular e impulsaron la afición por esta nueva tendencia. El pintor Roberto Montenegro reunió, en la década de 1920, más de cinco mil piezas que sobrevivieron divididas bajo resguardo del Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto de Artesanía Jalisciense, y de su sobrino Ignacio Cantú Montenegro. Además, en 1930 fundó un museo de Arte Popular que hacia 1972 se localizaba en el edificio de La Ciudadela, en la Ciudad de México.

En 1945 la Sociedad de Arte Moderno que presidía Jorge Enciso patrocinó para el Museo Nacional de Antropología la exposición titulada Máscaras mexicanas que curó Fernando Gamboa, quien a partir de esta exhibición incluyó en todos sus guiones museográficos un apartado para el arte popular. Años después, en 1952, Gamboa promovió una exposición itinerante por París, Estocolmo y Londres.

A ese entusiasmo se sumaron coleccionistas como Ignacio Bernal, Manuel Álvarez Bravo, Carlos Mérida, Hanna Behrens y Dolores Olmedo. Posteriormente, a lo largo del siglo XX, proliferaron las colecciones de arte popular mexicano.

Notables son la de Gabriel Fernández Ledezma; la de Jesús Reyes Ferreira, que aún se puede visitar; la de José Chávez Morado y Olga Costa en el barrio de La Pastita de Guanajuato; la impresionante colección de máscaras de Rafael Coronel que se aprecia en el antiguo convento franciscano de Zacatecas; la de Fernando Gamboa, que se encuentra diseminada entre varios coleccionistas particulares, incluido el Museo Dolores Olmedo Patiño, ubicado en la ex hacienda de La Noria en Xochimilco; la de Alfonso Soto Soria; la de Cándida Fernández de Calderón; la de Luis Felipe del Valle Prieto; la de Alejandro de Antuñano; la de José Luis Pérez de Salazar; la de Gorky González; la de Carlos Monsiváis; la de Teresa Castelló; la de Carlota Mapelli; la de Luis Márquez, que se exhibe en el Claustro de Sor Juana; la de María Esther Zuno de Echeverría; la de Fernando Juárez Farías en Guadalajara; la de Márgara Garza Sada en Monterrey; la de Robert Brady en su museo de Cuernavaca, Morelos, y la de Francisco Zebadúa Celorio en Chiapas.

Otra colección ejemplar es la de Ruth Lechuga, quien llegó a México en 1939 procedente de su natal Viena. La medicina fue su primera ocupación, pero su gran interés en el arte popular la llevó a explorar el país en auto, camión, mula o a pie para conformar un acervo con más de siete mil piezas de ramos muy diversos. Su colección se encuentra en tres departamentos de la colonia Condesa de la Ciudad de México, pero en fechas recientes, como muestra de su generosidad y amor por México, donó esta extraordinaria muestra al Museo Franz Mayer.

Mención muy especial merece Teresa Pomar, originaria de Guanajuato e hija del ilustre músico José Pomar Arriaga, de quien heredó el gusto por lo mexicano y la relación con artistas como el Dr. Atl, Montenegro y Rivera, quien la llamaba cariñosamente Pomarita. Ella se inicia en el arte popular como investigadora en el área de textiles y después como coleccionista de los que hoy se exhiben en el Museo de Historia de Monterrey; además, su colección de juguetes está en El Papalote, Museo del Niño, y el acervo del Museo del Pueblo, en Guanajuato, cuenta con más de 2,200 piezas suyas, incluidas una serie de miniaturas. En la ciudad de Colima, por iniciativa de la universidad estatal, un museo lleva su nombre y contiene más de tres mil piezas también de su colección.

Al mismo tiempo, hubo extranjeros que también se enamoraron de las más sencillas manifestaciones del arte mexicano. Nelson Rockefeller fue uno de los más fervientes coleccionistas y patrocinador de la Mexican Arts Association con sede en Nueva York, a la que pertenecieron Diego Rivera y Frida Kahlo. Por su parte, desde la década de 1930 Susan y Alexander Girard empezaron a reunir cantidad de objetos de los cinco continentes, entre éstos muchas piezas mexicanas depositadas en un museo de Nuevo México, en los Estados Unidos. Asimismo Frederick W. Davis, de la Sonora News Company, dirigió una galería que promovía el arte mexicano y, en particular, sus manifestaciones populares; su pasión lo llevó a conformar un conjunto importante y a diseñar platería popular que años más tarde fructificaría en que, asociado con Frank Sanborn, introdujo la venta de antigüedades y selectas piezas populares en la Casa de los Azulejos de la Ciudad de México. Otros extranjeros que se sumaron al coleccionismo fueron William Spratling, Joaquín Herranz, Fanny Rabel, Chloe Sayer, Irmgard Johnson, etcétera.

En la actualidad, la oportunidad de obtener mejores piezas se ha incrementado gracias a la difusión y promoción que llevan a cabo Fomento Cultural Banamex y la Fundación Cultural Bancomer. A su vez, los museos también son fuente de información y rescate de colecciones.

Es necesario fomentar los conocimientos y el valor del coleccionismo para que los maestros instruyan a los aprendices; con ello, el coleccionista podrá ampliar su acervo y los museos continuarán difundiendo esta parte de nuestra identidad nacional que es reflejo de una rica mezcla de razas, tendencias y religiones.