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Arte popular y antropología

Metate con metlapil. Autor Desconocido. Ocotlán de Morelos, Oax. Inicios del s. XX. Donante Rodolfo Morales. Col. AmigosMAP. (Foto: Estudio Kristina Velfu, EKV).

Victoria Novelo Oppenheim

Los antropólogos tenemos formas particulares de abordar el estudio de los fenómenos sociales, y desde que nació esta ciencia social hemos privilegiado el contacto cercano con las personas en su propio ambiente a fin de observar y describir lo más fielmente posible las formas de vida que estudiamos y, de este modo, conocer e interpretar ese vastísimo campo en que se construye y se otorga sentido a la cultura: centro, eje y razón de ser de la antropología. Los motivos para querer conocer cómo viven y han vivido las poblaciones humanas son muchos y de diverso –y aun opuesto– origen, e incluyen tanto la curiosidad y la necesidad científica como las urgencias prácticas, que pueden ser, por ejemplo, requerimientos de información acerca de la posible respuesta de poblaciones ante la inundación de sus tierras producida por la construcción de una presa, o las conductas de los consumidores cuando se lanza al mercado un nuevo producto.

A menudo, también se ha usado a la antropología como punta de lanza en guerras de conquista y de ideas para conocer determinados comportamientos sociales que interesan a esos fines. En su larga trayectoria de investigación, estudiosos, geógrafos, viajeros, colonizadores, sacerdotes, coleccionistas, comerciantes, aventureros y soldados inclinados a registrar sus impresiones in situ, han producido una vasta literatura descriptiva –si bien de acuerdo con sus intereses–, lo que ha permitido recuperar testimonios incluso de pueblos desaparecidos, así como documentar historias con el afán de que no se pierda la memoria de la humanidad.

Con la profesionalización del oficio, la antropología desarrolló métodos de investigación de campo para recabar datos que contribuyeran al entendimiento conocimiento e interpretación del mundo en que vivimos, las formas de vida y los fenómenos sociales particulares, descritos en textos llamados etnográficos –cuya fuente de información privilegiada es la voz viva de las personas–, así como de otros materiales y expresiones producto de la actividad humana.

Las manifestaciones humanas, ya sea en el ámbito del arte, de producir y usar objetos y bienes, de inventar dioses y espíritus, de relacionarse y de entenderse mediante ciertos códigos, han sido temas recurrentes y preferentes de los antropólogos. Estudiosos de los países industrializados del Primer Mundo han realizado tanto las investigaciones pioneras como gran parte de las actuales en los llamados pueblos primitivos, es decir aquellos que viven alejados de la sociedad occidental; algunas etnografías han “enfatizado” el carácter exótico y folclórico de la cultura de esos pueblos, pues califican sus expresiones artísticas como “ingenuas”, “primitivas” o “tribales”. La tradición antropológica mexicana, en términos generales, no comparte dichas visiones. Si bien las poblaciones rurales han sido muy estudiadas, la antropología en México se ha interesado más en escribir la historia de los procesos socioculturales previos y posteriores a la Conquista de los pueblos de nuestro territorio, preocupada por entender lo nuestro, las culturas propias.

Cuando se investiga la raigambre del artesanado mexicano actual, se distinguen dos grandes influencias. Por una parte, los artesanos de origen europeo que llegaron a partir de la Conquista con un amplio bagaje de formas de organización, reglamentos, costumbres y técnicas, y por la otra, los modos de producción indígena que buscaron refugio en las unidades domésticas de los pueblos sometidos, o con – tribuyeron como mano de obra aprendiz, en los oficios y talleres permitidos por el monopolio español. En consecuencia, a los contingentes de artesanos urbanos se sumaron estratos sociales indios con técnicas de trabajo, además de patrones estéticos y simbólicos particulares. Estas diferencias influyeron en una división territorial del trabajo artesano y en su consecuente especialización, visible hasta nuestros días. Con el tiempo, este acercamiento produciría un mestizaje –no exento de discriminación– de habilidades y modos de hacer las cosas, que se enriquecería conforme se incorporaban al trabajo otros inmigrantes libres o forzados de di – versos orígenes y oficios.

Así, jerarquías, responsabilidades, privilegios y prestigios; exclusiones étnicas, prohibiciones y reglamentaciones; conocimientos, habilidades, destrezas y talentos; métodos de aprendizaje y de supervisión; disposición de las casas y talleres en barrios que dieron personalidad a las trazas de ciudades y pueblos; tipos de asociaciones de auxilios mutuos y de defensa de las condiciones de vida y de trabajo; ceremoniales asociados a la protección del trabajo; formas de organización religiosa (cofradías y mayordomías); días de guardar, celebrar y descansar; tradiciones de comunicación en el trabajo y de estética del taller, etcétera, conforman herencias culturales que con distinto vigor aún se manifiestan en México.

En cuanto a los productos artesanales, la respuesta se aprecia a simple vista, basta pasar frente a los talleres manufactureros, visitar los mercados y tianguis de casi cualquier localidad de la República para encontrar innumerables objetos de uso cotidiano hechos de manera artesanal y, en muchos casos, en estilos de larga tradición; también se constata que abundan las tiendas de artesanías en los lugares turísticos, o bien que en las ferias y fiestas que los mexicanos celebramos de acuerdo con un abultado calendario ritual, religioso y profano, la obra artesanal “de diario” y “de lujo” siempre está presente. Sin embargo, los productos pertenecen a ámbitos diferenciados de consumo.

Por una parte, figuran objetos que desde la etapa desarrollista del capitalismo mexicano reciben el nombre de artesanías, que el lenguaje intelectual ha adjetivado como típicas, tradicionales, indígenas o populares, subrayando los atributos culturales dirigidos, unos, al consumo turístico, y otros, al consumo popular, en particular campesino. Pero, otra gama de objetos relacionados con la vida diaria de ciudades y pueblos que se hacen en los talleres domésticos y urbanos, de alfarería, carpintería, herrería, cerería, sastrería, zapatería, joyería, talabartería, cestería, huarachería, textiles, etcétera, no se consideran artesanías por no acceder a los mercados turísticos y a los circuitos del comercio cultural, pues su demanda es de carácter local y regional.

El valor es un concepto íntimamente vinculado con los intereses y criterios del entorno; por tanto, las formas de apreciación de los objetos artesanales son, de hecho, formas culturales, y en este terreno encontramos gran diversidad. Para no irnos más lejos, desde el siglo XIX la intelectualidad mexicana representada en sus escritores costumbristas y viajeros coleccionistas, tuvo en alta estima los productos de las artes y los oficios que entonces se conocían como chucherías o curiosidades, al destacar su belleza y su potencialidad como manufactura de exportación y decoración. El interés gubernamental se manifestó en la creación del Museo Nacional, donde se reunirían y conservarían vestigios arqueológicos (antigüedades), diversos productos relacionados con la industria, además de muestras botánicas y zoológicas, y en la fundación de la Escuela de Artes y Oficios, a fin de promover la educación técnica entre los artesanos.

Más tarde, ya en el siglo XX, cuando las artesanías recibían el nombre de industrias típicas o industrias rurales, y a los productores se les conocía aún por el nombre de su oficio (alfareros o loceros, pintores, plateros, tejedores, coheteros, doradores, etcétera), de nuevo los intelectuales –entre éstos los artistas plásticos y los antropólogos– reconocieron en las manos hábiles de los artesanos una herencia valiosa.

Cuando se produce la efervescencia de las ideas posrevolucionarias nacionalistas, las obras producidas por indígenas se re valoraron hasta convertirlas en referencia de identidad nacional y base de la mexicanidad. Lo autóctono, lo nativo, lo original, se convirtió de inmediato en arte popular, en parte debido a la romántica exaltación que hicieron de las obras redescubiertas los artistas y los constructores del proyecto nacionalista, al atribuirle a los indígenas un “innato sentimiento artístico” –según palabras del Dr. Atl–, y además por el afán de distinguirse y distanciarse de los patrones estéticos europeos que exigía el proyecto de la nueva cultura mestiza.

En el aprecio por la producción plástica artesanal, vista como curiosidad o como parte del arte popular, tanto en la vertiente del coleccionismo como en el discurso, está implícita su valoración como legado que debe conservarse por pertenecer al patrimonio cultural. Sin embargo, la atención se centraba más en el producto y no en el productor; todavía hasta hace pocos años este rasgo discriminatorio se apreciaba en las cédulas de los objetos artesanales, campesinos e indígenas que se exhibían en México, donde, en vez del nombre del autor, aparecía siempre la palabra anónimo, aunque se asentaba la región de procedencia. Esta separación entre productores y obras tiene otro ingrediente de discriminación cultural en el ámbito del gusto: a las formas estéticas se les otorga un alto valor simbólico, mientras que el productor, el artista, no puede ejercer la libertad de creación, ocupado como está en hacerse de los medios para subsistir. Ésta es una de las tantas contradicciones que prevalecen en diversas esferas de nuestro país como resultado del tipo de economía y sociedad dominantes.

Si bien desde hace más de cien años México está inserto en una economía capitalista que produce lo necesario y lo superfluo de acuerdo con modelos industriales, debido al desigual desarrollo económico y a los modos y estilos de vida resultado de la convivencia y mezcla de culturas ancestrales, nativas y modernas, presenta un abanico de hábitos de vida producto de la pertenencia a clases y culturas distintas cuyas propuestas, costumbres y preferencias estéticas contrastan. En México se duerme en camas o en petates; se celebra a las quinceañeras a bordo de cruceros o con mole hecho en casa; algunos pasan su noche de bodas en un hotel de Acapulco y otros en su casa, en una hamaca tejida especialmente para el acontecimiento; se celebra a los muertos con panes y ofrendas, y todavía se elaboran artefactos de barro y se tallan máscaras para las danzas de Semana Santa.

En fin, en muchos espacios de la vida cotidiana mexicana las obras de artesanía son parte activa de las culturas vivientes. Y para trabajar el barro, tallar máscaras, tejer hamacas, aún hay especialistas que hoy, además saben usar las modernas materias primas industriales y naturales que trabajan con sus técnicas ancestrales. ¿Quiénes son estos especialistas? Unos los llaman artesanos; otros, artistas; algunos más por su especialidad: alfareros, tejedores o talladores. Por lo general la sociedad occidental los llama artesanos por su manera de trabajar, pero entre ellos hay artistas, aunque no se ajusten a los cánones de la academia en sus modos de aprendizaje ni en sus modelos; o bien, los nombra artistas populares por pertenecer a una etnia o grupo social identificado con las raíces culturales (distinción social que, vinculada al turismo, se comercializa en alto grado). Por lo general este tipo de valoraciones es ajeno al entorno de los creadores, pues la sociedad local reconoce el trabajo bien hecho y distingue al productor diestro, que puede ser una persona, una familia o un barrio entero.

La comercialización de productos artesanales y artísticos de las clases populares mexicanas, si bien ha logrado que los productores continúen trabajando su arte y oficio, también ha repercutido en la pérdida de habilidades, destrezas y patrones estéticos propios, además de fomentar la sobreexplotación de la naturaleza por la imposición de modas y la irresponsable escala de producción que exige. Diego Rivera fue uno de los primeros en pronunciarse – sin éxito– contra los mercaderes del mal gusto y los vendedores de “baratijas”; es cierto que al lado de trabajos de calidad hay una gran producción de objetos feos y mal hechos, una artesanía chatarra que no corresponde a los patrones estéticos ni al cúmulo de destrezas distintivos de la artesanía mexicana.

Para que el patrimonio cultural mexicano que representan la artesanía y sus saberes perdure y se reproduzca sanamente, todavía queda mucho por aprender, regular, reconocer, promover, dignificar, proteger y difundir; asimismo es fundamental promover el desarrollo de las artes y de los oficios mediante políticas que preserven el medio ambiente pero que, a la vez, protejan al productor. La sociedad nacional occidentalizada aún tiene que educarse para comprender la diversidad y la riqueza cultural de México, para poder considerar artistas, a secas, a todos aquellos creadores de obras admirables que expresan los valores estéticos y sociales de individuos y pueblos insertos en múltiples tradiciones culturales; para ello es indispensable abandonar la visión etnocentrista de la antropología.