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Artes mexicanas del papel

Tradiciones religiosas de maxela. Isabel Morales Martínez, Tepecoacuilco, Guerrero, Amate pintado, Colección particular // Fotografía: Nicola Lorusso/MAP

Humberto Spíndola

Si bien esas nobles láminas de fibras vegetales cortas –tan aptas para infinidad de trabajos–, que ahora llamamos papel, se inventaron en China en el año 105 d.C., en el México prehispánico del siglo VI se fabricó una amalgama de fibras vegetales largas con casi todas las características de la invención china. Los especialistas actuales la llamaron pre papel, igual que al papiro egipcio o a la tapa de Oceanía. Por consiguiente, este material también se inventó en México con el nombre de amatl –decir papel amate es un pleonasmo bilingüe: español-náhuatl.

Este material tuvo una importancia enorme en el mundo prehispánico. Numerosos pueblos de las zonas tropicales, sometidos al Imperio azteca, pagaban elevados tributos con amatl, y hoy muchas poblaciones llevan en su nombre la raíz toponímica amatl, por ejemplo Amatlán.

En el mito náhuatl de la creación del hombre, del Quinto Sol o Sol de Movimiento, Nanahuatzin, dios buboso que se lanza a la hoguera en Teotihuacan y deviene Sol, va ataviado de amatl. Entre los indios de México tuvo similar carácter que para otros pueblos de la antigüedad, el de material sagrado. Gloria y trágico destino.

El amatl del México antiguo cumplió tan importante misión como el papel chino: dar soporte a la escritura y la pintura. Asimismo, por sus atributos físicos sirvió para otros fines sumamente imaginativos, casi todos relacionados con su condición de materia sacra: con él se recogía la sangre de los sacrificados, se hacían estandartes y banderitas llamadas amapantli, y tenía gran relevancia en el vestuario ceremonial de los sacerdotes.

Las piezas prehispánicas de papel que se conocen son muy escasas debido a la poca durabilidad de sus fibras. No obstante, se puede inferir, casi sin duda, que hubo trabajos en y con papel tan sofisticados como muchas de las otras labores manuales que desarrollaron.

La mayor parte de los códices fueron quemados, muy probablemente porque su condición sagrada estorbaba la implantación de la nueva fe. Hasta el momento de la Conquista habían transcurrido casi mil años de trabajos con amatl: ¿podían la destrucción y prohibición realmente borrarlo de las mentes indígenas?

Desde China, el papel llegó a España en un viaje que duró casi diez siglos, pues no fue sino hasta el año 1000 d.C. que se construyeron molinos papeleros en la Península, en Játiva primero. Europa aportó el encolado al papel, que le imprimía un acabado terso apropiado para la escritura con plumillas.

En cuanto a la Nueva España, durante el siglo XVI el papel se importó desde la metrópoli; Cataluña proveía las resmas para todos los documentos legales que se hacían en el Virreinato. Por otra parte, el primer molino papelero de América se levantó en Culhuacán, a fin de complementar las importaciones europeas destinadas a asuntos oficiales de notarías, escribanías, y de la corte del virrey; de Occidente, a su vez, llegaba un producto chino, preservado por la sapiencia árabe y refinado en Europa.

Hubo que esperar algún tiempo para acceder a otro tipo de papel que sería accesible a los indígenas y a los mestizos de las nuevas castas: el papel de china, que quizá llegó por la ruta comercial del Pacífico en la célebre nao. El nombre que se le dio en México ya es una denominación de origen, pues en otros lugares se le llamó papel de seda.

Su arribo fue tan inadvertido que, como el de muchas otras cosas, nadie se tomó el cuidado de documentarlo, por lo que hoy en día sólo podemos deducir su ruta. No es difícil pensar, sin embargo, que junto con los mantones bordados, las porcelanas de Oriente y multitud de manufacturas que tanto fascinaron a los mexicanos y españoles en la América de esa época, hubiera venido ese artículo empleado como envoltura, uso que conserva hasta la actualidad, o que llegaran muestras de esos papeles recortados y picados que en China se usaron –casi desde la invención del papel– como moldes o esténciles para decorar la porcelana y como patrones de bordado. Sin duda estos sencillos y humildes pedazos de papel con figuras recortadas tuvieron gran impacto entre la población indígena y mestiza, por lo que muy probablemente sean los precursores del papel picado mexicano. Por tanto, el papel picado es una técnica de origen chino, aunque la originalidad de los motivos, las formas y las técnicas que se desarrollaron en nuestro país, lo extendido de su uso y la fuerza con que se impusieron, lo convierten en símbolo de fiesta y rasgo de identidad de lo mexicano.

Del papel picado, que se encuentra a lo largo y ancho de México, se distinguen claramente dos modalidades que también definen sus diferencias geográficas.

Por una parte está el papel picado, que se dibuja y se perfora en montones de cincuenta a cien pliegos mediante el golpeo con instrumentos cortantes como gubias y cinceles, diseñados especialmente para ello, lo que llamamos técnica poblana, porque en esta región es donde más abunda, sobre todo en Huixcolotla. En la colección Castelló Iturbide hay dos tarjetas poblanas del siglo XVIII recortadas con navaja por monjas, a partir de las cuales se puede advertir la evolución de la técnica, el paso al papel de China en formatos mayores y el recorte cada vez más frecuente con instrumentos punzocortantes (que no sólo cortantes) que llevó a una economía de trabajo material sorprendente.

Por la otra, está el papel que pieza por pieza se dobla en diferentes simetrías y se recorta con tijeras para lograr figuras geométricas; de este tipo hay un raro antecedente del siglo XIX en la colección de quien esto escribe y que procede de la antigua colección de Jesús Reyes Ferreira. Allí se pueden admirar los minuciosos dobleces, los pequeños recortes de finura inusitada, con resultados figurativos impresionantes que bien podemos llamar con admiración “trabajo de mexicanos”.

La artesanía del papel goza de gran importancia en las celebraciones religiosas que tienen lugar en templos y casas particulares. En los altares de Muertos, en los de Dolores y en muchos otros de diferentes devociones, el papel picado se vuelve adorno, bandera, mantel, y su frecuente empleo como ornamento religioso evoca el amatl sagrado. El vínculo entre los amapantli prehispánicos y las banderitas de papel actuales parece no dejar duda sobre el parentesco entre ambos. Y si a la interrogante de cómo fue que se le permitió al papel, aunque fuera de China, regresar a los altares cristianos, bien se puede hallar la respuesta en la tradición de mil años de trabajo con este material y su uso en los sitios de culto.

En otro orden de ideas, la confección de piñatas (piñatería, si se me permite la palabra) tiene su origen en la tradición italiana. Pero, como sucede con el papel picado, el resultado vernáculo es tan estimulante y particular que no podemos sino celebrar esa estética tan mexicana que han creado; también en estas obras el papel de China es el elemento principal. Horas y horas de paciente trabajo mediante la conjunción asombrosa de habilidad manual, tijeras y papel, crean un inagotable e imaginativo repertorio de formas efímeras. Cabe destacar que el elemento aglutinante de este trabajo es el engrudo, esa cocción tradicional de harina de trigo simbióticamente ligada a la piñatería, cuya relación calidad-precio supera a cualquier pegamento de la química contemporánea. Las piñatas, indisociables de las posadas navideñas, juego que permite repartir frutas y dulces, mostraron su vitalidad al volverse obligadas en las fiestas infantiles, y su producción dejó de ser estacional; por esta razón hay locales comerciales dedicados exclusivamente a este trabajo-tradición, aunque entristece constatar que figuras clásicas como las enormes estrellas de siete picos que representan los pecados capitales, recubiertas de papel de China “enchinado”, convivan hoy con personajes de dibujos animados estadounidenses y japoneses.

De cartonnage (del francés, que significa “de cartón”, “cartonaje”), superposición de hojas de papel unidas con yeso, encontramos antiquísimos ejemplos en el arte del egipcio Al-Fayum, y la importancia de este trabajo se aprecia en centros de tradición papelera como la Cataluña actual. La cartonería mexicana tradicional, igual que el papel picado y la piñatería, se ha refugiado en las artes populares. Grandes dinastías de maestros cartoneros, como la fundada por Pedro Linares, han alcanzado prestigio internacional. Pero hay además muchos trabajos sobresalientes, casi todos montados en ese ciclo cósmico de celebraciones formado por la Semana Santa (en el equinoccio de primavera) y los Días de Muertos (en su equivalente de otoño); las muñecas de cartón de Celaya, los judas de todas formas y tamaños, los esqueletos y demás juguetes “de muertos”, forman parte de estas celebraciones. No obstante, otras, como por ejemplo las máscaras de muertos, han desaparecido, con seguridad desplazadas por la celebración del Halloween que invade a todo el mundo.

ARTES MEXICANAS DEL PAPEL
La construcción de judas y la pirotecnia tienen en común ciertos materiales además del papel, en especial, el carrizo. Estas creaciones poseen cualidades escultóricas innegables.

Casi todas las manufacturas populares aquí descritas parecen gozar de buena salud estética y económica. El paso de la tradición manual popular al arte es una de las posibilidades más interesantes que ofrece el papel. Jesús Reyes Ferreira, destacado pintor jalisciense, utilizó en su obra los materiales populares que hemos mencionado: papel de China, pigmentos y aglutinantes.

Podemos contar, sin temor a equivocarnos, quince siglos de trabajo papelero en México, tradición que empieza por la invención misma de este fantástico material que, dejando a un lado su carácter sagrado, hoy florece en las artes populares, vastísimo territorio imaginativo para explorar y reinventar sus cualidades pictóricas y escultóricas.

Es loable el esfuerzo para hacer colecciones de arte efímero (¡qué contradicción!); es loable, como todo aquello que ayude a que en México las artes del papel vivan para siempre.