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Alfeñiques

Foto familiar. Javier Barreto Flores, Irapuato, Guanajuato, Azúcar modelada y decorada, Col. AAMAP, A.C. Casa de la Cultura de Irapuato // Fotografía: Nicola Lorusso/MAP

Juan Rafael Coronel Rivera y María Teresa Pomar

La tradición de conferirle una ánima a los esqueletos, esto es, hacerles recobrar su humanidad, es un deseo colectivo que se concibió durante la Edad Media tras la devastación que dejó la gran peste negra de 1348, y se representó a través de la metáfora que conocemos como Danza macabra.

En el continente americano, el uso del esqueleto como representación del estado que denominamos muerte es mucho más ancestral que el europeo y coincide con el auge de la imaginería de Oriente. Esta costumbre se remonta al Preclásico, periodo comprendido entre los años 2500 y 300 a.C. Es en esta época cuando se instauran los ritos sacrificiales con humanos y se desarrolla la concepción filosófico-religiosa que considera estas ceremonias como ritos de paso para la continuación del ciclo del devenir universal.

En Europa, la muerte tiene un sentido particularmente traumático. En América, por el contrario, los ritos de sacrificio humano tenían un tenor festivo, e inmolarse se consideraba el más alto honor al que un ser humano podía aspirar.

En el México actual se acostumbra elaborar, como ofrenda para los difuntos, y en especial, para los “muertos chiquitos”, una extensa variedad de dulces, no sólo de alfeñique o azúcar, que se colocan en los altares de muertos los días 1 y 2 de noviembre. En la etapa precolombina, para celebrar a los muertos se elaboraban con amaranto, masa de maíz, miel de abejas silvestres y miel extraída del corazón del maguey, figuras de diferentes formas de acuerdo con sus ritos funerarios.

En México, los alfeñiques son un fenómeno sincrético en el que se funden costumbres y técnicas indígenas con las traídas por los españoles, a su vez heredadas de las culturas árabes. La pasta de almendra inventada en España es de origen árabe (llamada alfer-al-querib), en la que se usa azúcar pulverizada (glass), y en México se le agrega la raíz de un quelite –el oloroso pápalo– que llaman chiauhtle.

Hasta donde sabemos, hay tres técnicas para la elaboración de las piezas: vaciado, alfeñique y modelado. En su ornamentación se utilizan colores vegetales y cucuruchos de papel, aunque ahora también se usan bolsas de plástico en sustitución de las tradicionales.

En la actualidad, durante los últimos días de octubre de cada año se establecen dulceros y alfeñiqueros en las siguientes localidades: la ciudad de Aguascalientes; en Chiapas: San Cristóbal de las Casas; en el Distrito Federal: Tláhuac; en el Estado de México: los portales y el mercado de Toluca, Tenango del Aire, Mexicaltzingo, Tex coco, Tenancingo y Malinaltenango; en Hidalgo: Ixmiquilpan, Tulancingo y Pachuca; en Jalisco: Guadalajara, Talpa y Tonalá; en Michoacán: Ciudad Hidalgo, Pátzcuaro y Morelia; en Morelos: Cuernavaca y Cuautla; en Oaxaca: Ocotlán, Ejutla y la capital del estado; en Puebla: Amozoc, Huaquechula, Izúcar de Matamoros, Atlixco, Tepeaca y la propia capital; Querétaro: San Juan del Río y su capital; en la ciudad de San Luis Potosí; en Veracruz: Huatusco y Jalapa, y en Zacatecas: Jerez y su ciudad capital.

El insigne grabador José Guadalupe Posada, creador de la Calavera catrina, no imaginó que esta y otras de sus calaveras iban a ser recreadas por los artífices del dulce para ornamentar las ofrendas de muertos.

Los mexicanos nos endulzamos la vida y honramos a nuestros fieles difuntos con las delicias de formas, colores y sabores que elaboran nuestros modestos y creativos dulceros, quienes conservan y enriquecen esta tradición iniciada desde tiempos ancestrales, mediante esculturas de azúcar.