“Esencia del arte popular mexicano, sus raíces”

Da la bienvenida a los visitantes y obliga a hacer una breve, pero substanciosa, revisión del territorio y recordar la importancia de los periodos prehispánico y virreinal y su relación con la vida del México de hoy. Por la riqueza natural y cultural del país nace la necesidad de generar una línea museológica y museográfica en la cual la biodiversidad sea el hilo conductor, el tema más adecuado para el entendimiento de la producción artístico-artesanal de la república.

Dado lo extensa y generosa que es la geografía de México y que las diferentes regiones muestran una variedad incalculable de climas y paisajes, no es difícil deducir que ello proporciona la materia prima para la elaboración de infinidad de objetos utilitarios y a su vez alimenta la fuente iconográfica-inspiracional con la innumerable fauna y flora existentes. Es así como el visitante puede constatar, con un documental que muestra la enorme variedad de ecosistemas en el territorio nacional, la extraordinaria paleta cromática que se encuentra en el mundo animal y la riqueza de las formas en el mundo vegetal.

Se inicia la visita con un muro que determina los tres grandes ecosistemas que dominan el territorio nacional, cada uno representado por una pieza ejemplar del arte popular respectivo:

1. El norte, y su vasta zona de semidesierto, está representa – do por una corita de elegancia sorprendente, de Punta Chueca, Sonora, elaborada con fibra de jonote tejido en espiral, digna representante de esa región y de su monocromía desértica.

2. El centro, con su cadena montañosa y sus bosques de coníferas, está representado por una pieza de barro modelado, de Metepec, Estado de México, titulada “Nueva Esperanza”. Simboliza la fiesta local y está elaborada con maestría sorprendente, con detalle y proporciones admirables por su escala y minuciosidad.

3. El sur-sureste está representado por el trópico y su brillan – te riqueza. A él nos transporta una figura mítica tallada en madera, “El Coyote”, obra de uno de los grandes artesanos de Arrazola, Oaxaca, cuna de los afamados alebrijes.

En el sur-sureste es mayor el colorido y la biodiversidad que en las áridas regiones del semidesierto mexicano, por ello, las posibilidades de subsistencia son superiores, al contar con importantes recursos materiales para el resguardo, el cobijo y la alimentación de los grupos asentados. Se hallan biosistemas de selva alta y baja, bosques de niebla, costas con temperaturas elevadas y alto grado de humedad, con múltiples sistemas lacustres que riegan y abastecen a las poblaciones con agua en abundancia, todo lo cual da motivo para la creación de diversos objetos.
El magnífico Museo de Arte Popular muestra la fantástica creatividad que asoma en textiles, barro, cerámica, madera, o lo que se deje: un Volkswagen vestido de arte huichol o un enorme alebrije. Son manifestaciones artísticas de gran valor, pero no necesariamente son universales, en muchas ocasiones no lo pretenden, por el contrario, destacan la singularidad, el carácter único de esa expresión. No es una cuestión de jerarquías
En el centro, altiplano enriquecido con dilatada población y variedad de coníferas, sus altas mesetas contenían una de las redes lacustres más importantes del mundo, ya desaparecidas por la depredación humana. La Ciudad de México fue conocida como la “Venecia de América” y hoy sus ríos han quedado entubados y utilizados como desagüe; los lagos del valle donde se asienta la urbe han sido reducidos a unos cuantos espejos de agua.
El norte y su extensa zona semidesértica es hogar de cientos de especies de cactáceas, de ricas vetas minerales, de climas extremosos que salvaguardan el Golfo de California, con sus increíbles paisajes contrastantes entre las gamas de ocres rocosos y los cielos azul cobalto, de intensidad colorística inigualable. También llamado Mar de Cortés, Jacques-Yves Cousteau lo bautizó con justicia como “el acuario del mundo”.
A partir de la inclusión de lo cromático como tema vital y determinante se adaptó la museografía a los tres ecosistemas dominantes en el país: el norte y su semidesierto con un verde pálido seco, el centro y su espaciosa meseta y zona lacustre acompañada de amplias extensiones boscosas con un verde medio, el sur-sureste y sus selvas y coloridos animales y plantas con un verde intenso.
Posterior a la introducción, donde se le explica al público a través de una cédula de sala esta correlación, hay una vitrina a muro, en la que se expone la muestra de ese colorido, de esa riqueza de materiales y de la genialidad y destreza de los artesanos-artistas. Se halla una pieza espectacular de palma de jipijapa tejida a mano, un guaje de Olinalá e inclusive muestras de grana cochinilla, tinte milenario responsable de las tonalidades más bellas y asombrosas de México. Una joya de la miniatura es una pequeña marimba de Chiapas, trabajada a base de ámbar laminado; hay jícaras ligadas de Tabasco, cuya elegancia es sorprendente.
Sigue una propuesta de piezas prehispánicas donde dominan los cuencos y algunas esculturas de representación zoomorfa con altísimo grado de plasticidad, dominio de las proporciones y aportación estética, conocidas popularmente como “perritos de Colima”, barro modelado con engobe rojo. También se exhiben figuras de barro modelado y esgrafiado de origen prehispánico, tanto de Veracruz como de Guerrero. Llama especialmente la atención el contraste con dos piezas actuales, figuras zoomorfas de madera tallada con maestría y dominio del oficio: un mono “el gran curandero” y un “perro chismoso”, que muestran el desarrollo artesanal del proceso y la calidad del resultado. Otra pieza magistral es un cuenco, una olla de Casas Grandes, Chihuahua, del famoso Paquimé, que no sólo resulta bella por su armonía de conjunto, sino que ejemplifica una modernidad difícil de encontrar en el arte popular. Es una pieza que bien podría estar inscrita en alguna muestra de cerámica contemporánea, al igual que un metate prehispánico de piedra volcánica tallada y labrada que representa una tortuga, de una simplicidad y limpieza conceptual que asombra e indica el adelanto en el diseño de la época.
Continúa la segunda vitrina en la que se ostenta la riqueza de la zona centro de la república mexicana con una pieza de Morelia: un alhajero de laca perfilado en lámina de oro que exhibe un pequeño paisaje del lago de Pátzcuaro, de indudable influencia oriental en el manejo de la laca. Se presenta un cuexcomate o silo a escala, elaborado con vara de otate tejido que proporciona no sólo la belleza y perfección de la pieza, sino información relativa a la funcionalidad del objeto, como su forma cónica para la extracción de la semilla de modo controlado por la parte baja central, el diseño elaborado para el aislamiento del agua y de fauna nociva, un techo impermeable y una escalera que, al retirarse, asegura el control del ingreso tanto de fauna como de personas ajenas a la propiedad del agricultor. Toda esta información paralela va aparejada a la artesanía, que al saber “leerla” ofrece muchos datos de la elaboración y región de la pieza. Se observa un tibor modelado con esmalte que acerca a la tradición de la zona centro de la república y su importancia como sitio de producción alfarera y cerámica. Se presenta un gran molcajete de piedra labrada en forma de flor, que aparte de cumplir su función mecánica de molienda ofrece la esteticidad de una reproducción floral, complementando lo práctico y lo estético, que no es fácil conjugar.
Frente a esta vitrina, se encuentra el espacio en el que se manifiesta la importancia del periodo virreinal que conlleva no sólo el mestizaje de grupos, sino el de técnicas y oficios, el de culturas de ultramar ya de por sí mezcladas y que vinieron a cerrar un periplo en Mesoamérica, al reencontrarse materias y oficios de origen indoeuropeo llegados por el Atlántico y de obras que atravesaron el Pacífico para cerrar la pinza en esta región americana. Tallas en madera con una iconografía totalmente religiosa, utilizadas como puertas de sagrarios, de casas, de monasterios y conventos, de altares y capillas, cristos de caña de maíz. Sorprendieron a las diferentes órdenes, que catequizaron el centro del país, realizando piezas de gran formato y prácticamente sin peso, debido a que siguieron la técnica prehispánica de pasta de caña modelada y policromada a base de tallos de caña de maíz seleccionados y fibrosos, que se atan en un manojo para comenzar el “tallado” de la figura y al terminar se refuerza con pasta de polvo de la misma caña, baba de nopal, sábila y leche de higuera que se amalgaman con el jugo de una orquidácea que aglutina la mezcla y se deja preparada para el acabado final con maque o con hoja de oro o pan de oro.
Se exhiben piezas de cerámica mayólica de Guanajuato y de Puebla, con su enorme influencia árabe, porque fueron ellos quienes la llevaron a España y se asentaron en la isla de Mallorca (Maiólica, Mayorca en italiano) que se convirtió en el principal centro de producción de este tipo de cerámica morisca. Es a base de un esmalte de plomo opacado con estaño y decorado con óxidos para los detalles decorativos que gozó de popularidad y generó importantes ingresos a las comunidades moriscas de la época. La técnica fue llevada con éxito a la Nueva España, siendo los principales centros de producción la Ciudad de México, Puebla y Guanajuato, y es conocida como Talavera de la Reina.
Está presente en la sala el otro gran centro alfarero del Bajío, Tonalá, en el estado de Jalisco, que aporta un jarrón con asas, elaborado con la técnica de bruñido con piedra ágata, que investigó y promocionó el maestro Jorge Wilmot, introductor de la cerámica de alta temperatura en México. Hay ejemplos de guajes elaborados con la técnica de laca, de influencia oriental, o de maque, de influencia prehispánica, pero el decorado y la representación no dejan ninguna duda de la influencia oriental, inmersa en la escuela europea que marcó a muchos artistas, escritores, arquitectos y diseñadores en el siglo XVIII. Destaca el uso y manejo de la metalistería con dos magníficos estribos de cruz, elaborados en hierro forjado y cincelado.
Mención especial merecen tres obras. Una titulada “Un México de castas”, elaborada en enconchado y tinta china, que lleva como valor adjunto la recuperación y la concepción actualizada de una técnica milenaria y prácticamente olvidada, el manejo de concha nácar (o madreperla) que se ha rescatado del olvido. La segunda, un baúl de cuero del siglo XVII, de manufactura impecable, decorado con maestría, que habla de la técnica y el dominio del material por parte del gremio de talabarteros de México. Y la tercera es un baúl de madera, del siglo XVIII, laqueado y con herrajes de plata; ostenta en el exterior escenas bucólicas en desgastados colores y en el interior el monograma cristiano “ihs” (Iesus Hominum Salvator), que indica la religiosidad del artesano y del usuario, quizá destinado a una sacristía.
En la tercera y última vitrina a muro se encuentra la producción de la zona norte del país, con ejemplos monocromáticos en los canastos elaborados con fibra de jonote del estado de Sonora y conocidas popularmente como “coritas”. Estas piezas representan el semidesierto, por la materia prima que es originaria de esa zona y por el uso que se les da, como depósito de agua; su decoración es una síntesis de la paleta desértica, presentan el diseño minimalista de esas regiones y están pigmentadas con tintes naturales del lugar. Encontramos también un maravilloso cofre de alabastro tallado, de Chihuahua, y las famosas y reconocidas figuras de madera de palofierro con motivos zoomorfos de los seris de Punta Chueca, Sonora, representando la fauna de ese ecosistema: focas, pelícanos, águilas, peces, borregos cimarrones, lagartos, tortugas y un sinfín de especies de la zona del noroeste de la república.
Mención aparte merece la espectacular obra mural de Miguel Covarrubias “Geografía del Arte Popular Mexicano”, obra adelantada a su época y que ha sido un parteaguas para México, para la biodiversidad y para la historia y geografía de la república. Se encontraba en el Hotel del Prado, que colapsó en el terremoto de 1985, y fue restaurada con este destino final: el MAP. El hotel también albergaba otro mural de Covarrubias, 19 cuadros y un mural de Roberto Montenegro y el famoso mural de Diego Rivera “Una tarde en la Alameda”.
La obra de Covarrubias relativa al arte popular permaneció abandonada en bodegas hasta su magnífica restauración y puesta en escena para el disfrute del público en el MAP. Este impactante mural ha hecho historia en México y en el mundo científico. “Geografía del Arte Popular Mexicano” es un mapa de nuestro país que muestra los bioclimas y gran cantidad de especies de flora y fauna de cada región; es el inicio de un “estilo” de promoción turística, es un continuador de la tarea del muralismo prehispánico y del virreinal, enseñando de forma fácil y simple la intrínseca relación entre biodiversidad y asentamientos humanos. Bien podría generar una ecuación: a mayor biodiversidad, mayor posibilidad de generar asentamientos humanos dado la abundancia de materia prima para el desarrollo del asentamiento. Este mural, “convertido” en axioma permitió contar con un soporte teórico-museístico para convertirlo en la misión-visión del Museo de Arte Popular.
El mural permite conocer y descubrir, en una lección permanente, los símbolos arraigados en la memoria colectiva y gran cantidad de obra artesanal, característica de las diferentes regiones y grupos étnicos, “espejo” de sus condiciones geoambientales. Se aprecia la distribución y la riqueza de la biodiversidad nacional, de los asentamientos humanos y la creación de algunos de los más bellos ejemplos de su arquitectura, su flora y su fauna. Tristemente, en la obra hay varias especies que ya están enlistadas en peligro de extinción. La sorprendente perfección de sus representaciones recuerda la revelada por Jan van Eyck en el majestuoso cuadro “Adoración del Cordero Místico” que se encuentra en la catedral de Gante, en Bélgica.