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Pelea de tigres en Acatlán, Guerrero: rito ancestral nahua de petición de lluvias

Por Alfredo Martínez Fernández

En lo alto del cerro Azul, en Acatlán, Guerrero, cada inicio de mayo se revive una de las tradiciones más intensas y simbólicas de la región: la pelea de tigres. Más que un espectáculo, se trata de un ritual profundamente arraigado en la cosmovisión mesoamericana, donde la fe, la naturaleza y la historia convergen en una jornada cargada de misticismo.

Estas fotografías en diapositivas y negativos las tomé en los años noventa, documentando las fiestas de las localidades nahuas de la Sierra de Guerrero, donde las lluvias comienzan en mayo y finalizan a mediados de junio. De ahí que las celebraciones más importantes tengan lugar en los primeros días de este mes, entre las que destacan el 1 de mayo, la fiesta de San José Obrero en Chilapa, y del 2 al 5 de mayo en Acatlán y Zitlala, el Día de la Santa Cruz, cuyo propósito principal es pedir la llegada de las lluvias, fundamentales para el ciclo agrícola.

Desde tiempos prehispánicos, estas ceremonias han estado dedicadas a Tláloc, dios de la lluvia, y a los tlaloques, seres asociados con las montañas y los manantiales. Con la llegada del cristianismo, las cruces sustituyeron a las antiguas deidades, pero el sentido ritual permanece.

Llegamos muy temprano a la casa del mayordomo, donde la gente entraba y salía con copas de incienso y coronas de flores, mientras las mujeres preparaban tamales de maíz y frijol. El mayordomo, muy amablemente, nos invitó a desayunar tamales, acompañados de un caldo de carne bien picoso y una copa de mezcal. Una vez que terminamos, nos pidió ayuda para subir en nuestro coche unos costales de tamales hasta la cima del cerro. Con gusto accedimos: el vehículo apenas podía avanzar por el peso, pues llevábamos ocho costales de tamales, al señor mayordomo con su familia y numerosos ramos de flores.

La festividad inicia con una peregrinación hacia la cima del cerro Azul. Familias enteras ascienden cargando ofrendas: flores de cempasúchil, gladiolas, pitayas, velas, incienso e imágenes religiosas. En el punto más alto, donde se erigen las cruces, se realizan sacrificios de pollos y gallinas, cuya sangre simboliza la fertilidad. Posteriormente, se colocan los huentlis —arreglos florales y elementos simbólicos—, mientras el humo del copal y el fuego de las velas envuelven el lugar.

Tras la misa y los rezos, el ambiente cambia abruptamente. El silencio es interrumpido por gruñidos y gritos: “¡Ahí vienen los tigres!”. Los niños se trepan a la copa de los árboles para observarlos. Desde las barrancas emergen los danzantes-peleadores, conocidos como “tecuanis”, quienes visten trajes amarillos y naranjas decorados con lunares negros y portan máscaras artesanales que representan al jaguar.

Las peleas comienzan como parte central del ritual. Participan hombres, mujeres y niños de distintos barrios, enfrentándose a golpes con guantes de cuero. Los combates son organizados por personajes llamados “perros”, quienes, también enmascarados, coordinan los enfrentamientos mediante sonidos y movimientos.

Cada lucha es intensa. Los golpes continúan hasta que uno de los contrincantes cae. La sangre corre y nuevamente, adquiere un significado simbólico: fertilizar la tierra mediante el sacrificio físico. Entre pelea y pelea, los combatientes se retiran momentáneamente, beben mezcal y regresan al combate. Según un proverbio nahua de la región, “entre más sangre derramen los tigres, más lluvia habrá para la germinación de las semillas”.

El ambiente se vuelve cada vez más efervescente. La multitud rodea a los luchadores, lanza porras y se deja llevar por la emoción, el alcohol y la adrenalina. Al final los contrincantes se dan la mano y se sienten orgullosos de haber participado en esta ceremonia.

La pelea de tigres en Acatlán y Zitlala no es solo una tradición, sino un testimonio vivo de la fusión entre culturas prehispánicas y cristianas. Es un ritual donde la comunidad reafirma su identidad, su relación con la tierra y su esperanza en la lluvia que dará vida a sus cosechas.

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