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Tejido en fibras vegetales

Petate (detalle). Felipa Tzeek Naal, Nunkini, Campeche, Palma tejida y teñida con tintes naturales, Col. Fomento Cultural Banamex, A.C.// Fotografía: Nicola Lorusso/MAP

Laura Oseguera Olvera

Este material humilde, noble, flexible, que el hombre moldea a la medida de sus necesidades, no siempre ha obtenido reconocimiento, aun cuando innumerables objetos de fibras vegetales alcanzan la categoría de obra maestra del arte popular.

Nuestro generoso territorio, pródigo en recursos naturales dada la variedad de ecosistemas que lo conforman, resulta un venero inigualable donde todavía crecen a placer flexibles bejucos, suntuosas palmas, el emblemático agave, guano, tules y zacates, esbeltos juncos, mimbre y todo aquello susceptible de ser trenzado, anudado, urdido, tejido, que el artesano con sus manos inteligentes y sensibles crea para su cobijo y subsistencia, así como para nuestro disfrute.

Sería tarea imposible abarcar en este texto la enorme variedad de fibras naturales que se emplean en la elaboración de cuantiosos objetos (las especies registradas que se usan en la cestería mexicana suman ochenta, correspondientes a veinte familias botánicas); por ejemplo, en palma trenzada, desde los monumentales arcos que engalanan las celebraciones religiosas hasta las miniaturas que los tejedores mixtecos de Puebla elaboran con anilinas coloridas representando escenas divertidas, lúdicas. Estas nobles fibras, calladamente también dan “alma” a farolas y judas, toritos y castillos pirotécnicos, coronas ceremoniales floridas, o se integran a otros importantes objetos de arte popular, como son las cabelleras de las máscaras que se emplean en danzas tradicionales.

Siempre dóciles a las necesidades del artesano, pocos materiales son tan versátiles como las fibras naturales. Transportan, cubren, guarecen, acunan, contienen, conservan, atrapan, engalanan y acompañan la vida de los mexicanos desde el nacimiento hasta la muerte, tanto en actividades productivas como la siembra (morrales, tenates), la pesca (redes, canastos, nazas), la recolección (elementos para cargar, transportar, almacenar); en la morada (techo, esteras, petates, cunas), así como en utensilios para conservar los alimentos (yahuales, costales, tompiates, atados), al igual que en el vestido (capizallos, cactles), entre muchos otros.

Entre las familias de fibras vegetales destacan agaves, cañas, palmas, yucas, bejucos, sauces y tules, que a su vez se dividen en dos grupos: las rígidas, como maderas, cañas o mimbres, utilizadas sobre todo en canastos, cestos para cosecha y muebles, y las semirrígidas, como hojas, pajas y tallos para cestos flexibles, tapetes, morrales o bolsas. En ambos casos, y con frecuencia combinados, estos materiales se destinan a otros fines, como son fabricar techos de algunas moradas indígenas, y bajareque, armazón de otate que se utiliza para formar las paredes en diferentes regiones del país.

Las características de las fibras determinan su técnica de trabajo. Por ejemplo, las plantas con forma de listones como la chuspata, el lirio acuático y el tule, sólo se someten a un proceso de secado; las palmas se recortan en forma de tiras; las cañas de carrizo se cortan o abren longitudinalmente y luego se aplanan para ser tejidas. Algunas fibras como el bejuco y el carrizo se rehumedecen para facilitar la flexibilidad en el tejido; otras como el henequén y el maguey, que dan origen a una variante de la cestería denominada jarciería, requieren de la separación de la pulpa y la fibra, con la que se elaboran hilos que, una vez torcidos, forman cabos, y con éstos, cuando se tuercen, producen sogas.

Se conocen cuatro técnicas básicas de trabajo: el cosido en espiral, el tejido, el torcido y el enrollado en espiral. El cosido en espiral es la técnica más antigua; el soporte de la cestería cosida se logra con las puntadas sucesivas que mantienen la pieza fija a la base, y se pueden hacer en forma horizontal. El tejido se realiza al cruzar dos o más elementos activos, lo que se llama trama y urdimbre, y sirve para hacer recipientes, morrales y petates; se considera la técnica más versátil de la cestería, son una variante, el trenzado, que consiste en cruzar dos o más listones en dos direcciones; esta modalidad se usa para hacer tiras largas de tejido estrecho que a su vez pueden coserse para abarcar una mayor área, por ejemplo para dar forma a los sombreros. La tercera técnica, el torcido, es lo que se conoce como ligamento enlazado y se hace con dos hilos de trama.

El enrollado en espiral es una técnica aparentemente sencilla: un alma hecha de tirillas se forra con hojas flexibles, que luego se enroscan sobre sí misma; los diseños varían de acuerdo con la combinación de colores, materiales, y de la puntada empleada para unirla. En este caso, puede lograrse un tejido tan apretado que cuando las piezas entran en contacto con líquidos por efecto de la hinchazón de la fibra, se vuelven impermeables; tal es el caso de las coritas de los seris de Sonora.

En cuanto al diseño y decoración, se distinguen diversas técnicas según los materiales y pigmentos que intervienen; destacan el tafetán o ajedrez, que quizá es el tejido más sencillo y se usa básicamente para fabricar esteras o petates. El tejido diagonal es parecido al de ajedrez, pero se distingue de éste porque empieza en una esquina y el efecto del diseño es menos contrastado que el de ajedrez. Con el tejido cruzado o de sarga se logra una variedad de dibujos mediante la mezcla de diversas tonalidades y texturas de las fibras.

Parte de la cestería apela sólo a la belleza natural de las fibras, que por sí sola es un obsequio al tacto y a la vista. Sin embargo, otros productos de uso festivo, ceremonial e inclusive suntuario, tienen decoraciones en zigzag, triangulares y cuadradas, con las que se logran auténticas obras de arte gracias a sus diseños en que contrastan texturas, ritmos y movimientos. La ornamentación se logra al combinar materiales, variar los colores de un mismo material, teñir alguna parte de los listones del tejido, aplicar color o bordado directo sobre la superficie, adicionar materiales no vegetales al tejido o aplicar elementos decorativos tejidos previamente, entre otras muchas variaciones.

El petate es un elemento fundamental en el menaje de muchas casas, sobre el que se sueña y descansa, y que, al cubrir las paredes, refresca el ambiente en las regiones cálidas. Su producción se extiende por casi todo el país. Los pames de Santa María Acapulco, los huastecos de Tampate, los zapotecas de San Luis Amatlán, los ixcatecos de Santa María Acatlán y los mixtecos oriundos de Chalantenango elaboran petates de fina palma, tejidos en forma de espina de pescado, lisos y de un solo color, o combinados con otro material para obtener texturas o dibujos. Por su parte, los chontales de Tabasco los tejen sin unión, de una sola pieza. Los petates y tompiates de Santa Cruz, Puebla, y de San Luis Amatlán, Oaxaca, tienen intrincados dibujos basados en el tejido de listones de diferentes colores; las fibras son teñidas sobre todo en verde y rojo, para hacer no sólo piezas rectangulares sino circulares y tenates levantados desde el centro hacia fuera y luego hacia arriba; emplean técnicas de tejido mixtas, lo que imprime a las piezas variantes de color, textura y calidad excepcionales.

En Tantoyuca, Veracruz, se aplica un tejido de palma en cestos tortilleros o chiquihuites, que es de una calidad y diseño excepcionales, pues semeja una especie de filigrana. En el municipio maya de Halachó, Yucatán, en la región huasteca de Tampate y en Santa Ana Tlapaltitlán en el Estado de México, se conserva la técnica de enrollado en espiral, de vara recubierta con hojas de palma teñida en combinaciones de fuerte colorido, para hacer canastos con tapa, charolas, platos, aisladores o bases. En Santa Ana también trabajan el henequén, y algunos artesanos todavía decoran piezas con figuras antropomorfas, fitomorfas y zoomorfas. Entre los cochimíes y los pai-pai de Baja California se tejen, enrollados en espiral, cestos con hojas de palma, de cedro y varas de sauce, con una notable textura. La cestería chamula hecha de juncia se basa en el mismo principio técnico; así como una más moderna, en Zacango, Estado de México, que complementan con remates metálicos de armonioso contraste.

En Tlaxiaco, Oaxaca, comunidad productora de sombreros, se realizan vistosas figuras de animales como patos y guajolotes en palma teñida. En Chilapa, Guerrero, se utiliza la técnica de enroscar el tejido de palma de colores para crear alacranes, peces y otras figuras zoomorfas que en ocasiones se integran para adornar objetos de uso cotidiano como ceniceros de barro. Por su parte, en Chigmecatitlán, Puebla; Tantoyuca y Papantla, Veracruz, y en el Valle del Mezquital, Hidalgo, se manufacturan las más espectaculares miniaturas de palma teñida con diversos motivos, entre los que destacan bandas musicales, mariachis, ciclistas, figuras de personajes populares, animales, tenates, monederos, abanicos, sonajas para bebés en forma de gallos u otras aves, con plumas también de colores que, por su tamaño de hasta dos centímetros, representan un alarde técnico.

Las palmatorias tejidas para el Domingo de Ramos son tradicionales en todo el país; destacan las de la zona lacustre de Michoacán, con figuras religiosas, en particular cruces de espectacular complejidad técnica. En algunos lugares, entre los que destacan Zinacantepec, en el Estado de México, y Ciudad del Maíz, población pame de San Luis Potosí, se producen los capisayos (unos les dicen capotes; otros, impermeables), prendas de palma tejida y anudada que sirven para cubrirse del frío y de la lluvia, y de los que hay registros desde la época colonial.

Más fino que la palma es el arbusto denominado jipijapa, que se trabaja en las comunidades mayas de Becal y Calkiní, Campeche, y de Ticul, Yucatán, para producir sombreros tipo Panamá, de prestigio internacional. Esta delicada fibra llegó a la península gracias a los hacendados panameños que se asentaron en la región, que la traían para utilizarla como setos. También se maneja en Perú, Colombia y Ecuador, donde es conocida como paja toquilla. Para ser maleable, la jipijapa debe estar húmeda, por lo que se teje en el interior de las cuevas de la región.

La cestería tarahumara es una de las más bellas y complejas del país. En su elaboración intervienen palma, carrizo, hojas de pino y sotol. Con estas fibras tejen gran cantidad de artículos que van desde petacas de palma, que en ocasiones sobrepasan los sesenta centímetros de alto, hasta pequeños cestos o jarroncitos miniatura, de tres o cuatro centímetros. Con las hojas de pino tejen cestas parecidas a los tompiates, llamadas guares, que en la mayoría de los casos tienen un doble tejido.

El tejido de fibras rígidas como el mimbre y la vara de sauce está muy arraigado en Acámbaro, Guanajuato; Uripitío, Michoacán; San Juan del Río y Tequisquiapan, Querétaro, y Tenancingo, Estado de México. Los objetos elaborados son para uso cotidiano (canastas, sombreros y baúles), aunque hay también piezas ornamentales (carretas, cuernos de la abundancia, campanas, muñecas de varios tamaños y figuras zoomorfas de uso ornamental). Los ópatas y los yaquis de Cócorit, Sonora, se destacan por elaborar en carrizo muebles, esteras para servir de camas y magníficas canastas de diversas formas.

En Sayula y Zacoalco de Torres, Jalisco, así como en la ciudad de Colima y en Tepic, Nayarit, se manufacturan muebles de carrizo combinado con vara, tales como equipales.

Siempre dóciles a las necesidades del artesano, pocos materiales ofrecen la versatilidad de las fibras naturales escabeles, taburetes, mesas, mecedoras y bancos. Sobresale la elaboración de los equipales o sillas destinadas a los marakames, las máximas autoridades huicholas.

Con jonote, mimbre o bejuco, y carricillo, o conjuntando estos materiales, se elabora la juguetería de Tonatico; las canastas de tejido doble con un sobretejido, al estilo del encaje de Ixtapan de la Sal, Estado de México; las canastitas suspendidas de los bordes con argollas, de Zaachila, Oaxaca, y cestos y chiquihuites rectos que transportan semillas para la siembra en San Pablito Pahuatlán, Puebla. Otros muy parecidos se realizan entre los tojolabales de Las Margaritas, Chiapas, y algunos, más finos, se hacen en Panindícuaro, San Juan de las Colchas y Patamban, en Michoacán.

Para las comunidades seris de Punta Chueca, Desemboque e Isla Tiburón, en Sonora, la producción de cestos va más allá de la obsesión por la calidad, la belleza o la resistencia. Para ellos la cestería tiene un trasfondo ritual y numerosos mitos asocian su producción con el poder espiritual, la buena suerte, la felicidad, la fiesta y la abundancia. Estos cestos reciben el nombre de coritas y son elaborados por las mujeres; en casos excepcionales llegan a medir hasta metro y medio de altura. Los seris forman parte de una tradición cestera de los grupos del norte de México y del suroeste de los Estados Unidos. Las coritas se fabrican con dos fibras espinosas que crecen en el desierto: torote y ocotillo. Tienen diferentes formas; se tejen en espiral y se decoran básicamente con dos colores: café, con muchas variantes tonales, y negro, que contrastan con el color casi blanco de la fibra. Para teñirlas se emplea la raíz del cosague y la corteza del mezquite seco. La base del diseño es geométrica, pero logran curvas sorprendentes y rítmicas para dibujar aves, mariposas, grecas y muchas figuras más; son increíblemente resistentes; cuando la fibra se hincha con la humedad, el tejido se vuelve tan cerrado y apretado que permite transportar agua.

Tule, panicua y chuspata son materiales dúctiles que crecen en las zonas húmedas y lacustres. Por su resistencia, las hojas de tule se usan en la elaboración de esteras, sillones, mesas y bancos; destacan los de Lerma y Tultepec, Estado de México, donde también se fabrican con este material esculturas de hasta dos metros de altura que representan: charros, personajes revolucionarios con sus rifles y carrilleras, jinetes, músicos y diversos animales. En Ihuatzio y Tzintzuntzan, Michoacán, se tejen petates, rectos, redondos, en forma de estrella e individuales para el servicio de mesa, así como juguetería entre la que figuran volantines, columpios, capillas, animales, carritos, etcétera, y también figuras religiosas como cristos, ángeles y vírgenes.

La paja de trigo llegó a México a raíz de la Conquista española y aquí recibió el nombre de panicua; se teje en las comunidades de Tzintzuntzan y Zacán, donde producen, además de piezas utilitarias como esteras, cestos, sopladores para anafres, costureros, etcétera, juguetes singulares como aviones, trenes, carruseles, ruedas de la fortuna y otros, así como representaciones de pasajes bíblicos y nacimientos tejidos en plano para colgarse en la pared.

La chuspata es una planta acuática que crece en las orillas del lago de Pátzcuaro; se teje en comunidades como Tzintzuntzan, Ihuatzio y, hasta hace algunos años, en la propia ciudad de Pátzcuaro. Su forma se asemeja al tule pero es de hojas planas, con las que se tejen cestos y sombreros, así como ángeles, cristos, vírgenes, además de figuras zoomorfas como ardillas, toros, cisnes, etcétera.

Existen evidencias del uso del maguey y del henequén desde la época prehispánica para la manufactura de productos artesanales e incluso de indumentaria. En la actualidad, agaves como el henequén, el maguey, el zapupe, la lechuguilla, la sansevieria, etcétera, aún participan en la creación de diversos productos artesanales, aunque en algunos lugares han ido desapareciendo. Por ejemplo, en Saltillo y Monclova, Coahuila, la jarciería era hasta hace poco una industria artesanal de primer orden que producía tapetes, cepillos, mecates, costales y estropajos. Quizá la explicación de su decadencia está en la avasalladora industrialización que con materiales sintéticos y maquinaria poco a poco sustituye las fibras y absorbe la mano de obra. No obstante, aún hay recolectores que caminan por el monte en arduas jornadas para obtener la lechuguilla y luego procesar el ixtle, al limpiar la penca manualmente, pasándola una y otra vez por el tallador hasta quitarle la pulpa vegetal y dejar libre la fibra.

Por otra parte, los estados del norte de México cuentan con una importante producción cordelera. El cordel de ixtle se elabora torciendo la fibra para obtener hilos y luego sogas para uso industrial; también se usa en los tejidos en telar de cintura con que se elaboran finos ayates, morrales, estropajos y lienzos para costales, especialmente en la zona de El Mezquital, en Hidalgo.

El zapupe es una fibra que crece en la Huasteca. En Tancanhuitz, comunidad huasteca de San Luis Potosí, y en Tantoyuca, Veracruz, se elaboran lienzos y morrales tejidos en telar de cintura decorados con brillantes colores. Con zapupe, en San Luis Potosí se hacen finas y espectaculares canastas con figuras de animales, flores, floreros, carpetas y otras figuras más, la mayoría de uso ornamental, reconocidas por su delicada técnica. Con el ixtle se manufacturan campanas, muñecas pintadas con anilinas, ramos de flores, canastas en miniatura y adornos llamados “colgantes”.

Con sansevieria (también conocida como cola de tigre o lengua de gato) se tejen, en diversas comunidades mayas de Yucatán, finas hamacas, y mezclada con henequén, morrales, manteles individuales, bolsas y alpargatas.

Cabe mencionar que con el hilo de maguey, la pita, se bordan extraordinarios productos de talabartería, principalmente para la charrería. Esta producción, muy laboriosa, se lleva a cabo en la región de El Bajío, norte de Jalisco, sur de Zacatecas y en algunas comunidades de Veracruz.

Por último, en la ciudad de Puebla, en Acatlán de Juárez, Jalisco, y en Xochimilco, Distrito Federal, se realizan ingenuas figuras con hojas de maíz (totomoxtle) coloreadas con anilinas: parejas de viejitos, mulitas para los festejos de Jueves de Corpus y otras; pero de manera excepcional se producen nacimientos que enriquecen aún más el panorama actual del arte popular mexicano.

En resumen, el tejido de fibras vegetales es una expresión fundamental de las culturas mexicanas, pues comunidades rurales enteras se dedican a esta expresión artesanal. Mucho se han estudiado sus diseños y técnicas de elaboración, pero muy poco se conoce del impacto cultural que la deforestación genera en las materias primas de consumo, y casi nada se sabe de los tejedores de fibras, aquellos que ponen en juego tanto sus destrezas físicas como intelectuales para crear una obra casi nunca valorada en su verdadera dimensión. Y se reconoce que los artesanos son los artistas más pobres y explotados del país; de ellos, los tejedores de fibras son los más olvidados.