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Chiapas

El mosaico cultural chiapaneco se nutre de sus tres orígenes principales: indígena, español y nuestra tercera raíz, la sangre negra. A su vez, los numerosos grupos étnicos provienen de dos troncos diferentes: el maya y el olmeca. Al primero corresponden los tzotziles, tzeltales, tojolabales, lacandones, choles, mochos, mames, chujes y jacaltecos; al segundo, los zoques. El mestizaje se enriqueció con migraciones de alemanes, franceses, chinos y japoneses.

“Al igual que la ceiba –el árbol sagrado de los mayas y puente entre dos mundos- que tira sus hojas para renacer, los pueblos de Chiapas abordaron el aprendizaje de lo que venía del otro lado del mar”, consideran el doctor Andrés Fábregas Puig y la maestra Concepción Santos Marín.

El universo artesanal chiapaneco (no es exagerado llamarlo así) está condicionado por la geografía, por el clima y sobre todo por su diversidad cultural. En el caso de los pueblos indígenas, la “lucha por preservar su cultura ancestral” se aprecia en las artesanías, que, por otra parte, son un poderoso factor de integración étnica por su carácter identitario; de hecho, en particular los textiles, permiten reconocer no sólo a la comunidad de la que provienen, sino a veces hasta a la misma artesana que los elaboró. “Los huipiles, bordados o brocados en telar de cintura, son historias de vida tejidas a manera de preservar sus creencias. Las figuras representan los dioses de la tierra y de la lluvia, son súplicas o tributos a los dioses para obtener sus favores, son documentos vivientes de la historia de cada pueblo”.

La organización virreinal a través de barrios y mayordomías y, sobre todo, los gremios, influyeron en definitiva en la organización artesanal. En casos tan notables como el de Chiapas, debemos necesariamente resumir:

Los tzotziles y tzeltales, de los Altos de Chiapas, son ovicultores y por tanto producen la lana que utilizan para sus propias confecciones textiles: enredos y sarapes, entre otras. A los pobladores de cada pueblo se les puede reconocer por sus atavíos, como a los chamulas. “Los de Zinacantán, cultivadores de flores, hacen de sus prendas de vestir un tributo a la naturaleza, a las flores que les dan sustento, por eso las mujeres en sus capas, manteles, huipiles, representan flores, mariposas”. Los tojolabales hacen fajas polícromas, enredos de algodón, blusas bordadas.

Los tzeltales sobresalen por su alfarería. En Amatenango del Valle fabrican manualmente ollas, macetas, tinajas, incensarios, figuras de animales –destacadamente palomas y jaguares-, algunas de complejos diseños.

Los lacandones, “último grupo culturalmente silvícola que habita México”, hacen incensarios, tallas en madera, arcos y flechas, “cucharillas para alimentar a los dioses”, mas no son ya piezas para su uso original, sino para la venta al turismo. Destacan pequeñas figurillas de barro, vestidas con minúscula indumentaria de fibras duras, representando a una madre con su hijo en brazos. Los grabados en piedra devinieron pirograbados en piel, reflejo de la victoria ganadera sobre la selva, que tiende a desaparecer por ello.

Entre los zoques, la vieja usanza de teñir sus ropas con grana cochinilla casi no subsiste, en cambio siguen haciendo jícaras esgrafiadas con gran delicadeza y máscaras para el carnaval de fama en Ocozocuautla. “He aquí un importante contraste con los diseños provenientes del mundo maya, más estilizados, más difícil de descifrar su significado”. Las étnias de origen maya –o mayenses- fueron las que “más resistencia militar presentaron a los colonizadores, mientras que los zoques asimilaron los rasgos culturales de los conquistadores”, aunque en algunas de sus fiestas perduran los simbolismos originarios.

Por su lado, el arte popular mestizo encarna en el típico vestido de chiapaneca. Se utiliza en distinguidas ocasiones; entre ellas, para la danza de los Parachicos, donde los hombres portan una máscara de fino acabado, con ojos azules, que representa al español. En Chiapa de Corzo hay famosos mascareros.