Una historia de concreto: el edificio del museo de arte popular

Interior del Museo de Arte Popular // Fotografía: Nicola Lorusso/MAP

Teodoro González de León y Alejandro Rosas

LA INAUGURACIÓN

Una hora después del mediodía del 27 de noviembre de 1928 las calles de Revillagigedo e Independencia, en el centro de la Ciudad de México, vieron llegar a multitud de personalidades de la vida pública nacional y a reporteros. El motivo: un nuevo edificio estaba por inaugurarse tras varios meses de intensos trabajos de construcción. Se destinaba al servicio público, pues sería la nueva sede de la Inspección General de Policía y del Cuartel Central de Bomberos.

Mucha era la historia tras muros y cimientos de aquel edificio de cuatro pisos que, sin embargo, reflejaba la modernidad revolucionaria. Cada espacio reproducía las corrientes arquitectónicas en boga, y el austero color gris de aquella mole visible desde la Alameda Central mostraba un diseño innovador, práctico y funcional. A todas luces era un lugar de suma importancia para el buen gobierno de la Ciudad de México.

Conforme transcurría el tiempo, el patio central se fue llenando de gente. No se trataba de una ceremonia fastuosa ni mucho menos, pero las más selectas personalidades de la vida pública nacional se dieron cita en ese edificio. Las miradas recorrían cada espacio y se detenían en un punto inacabado de la losa de aquel recinto; la última piedra aún no se colocaba, pero pronto la más alta autoridad del país haría acto de presencia para darle el toque final a la nueva edificación. Eran ya cerca de las dos de la tarde cuando el general Plutarco Elías Calles llegó al inmueble.

El Presidente de la República se notaba tranquilo; la frialdad de su rostro, de sus gestos, parecía corresponder con la solidez de la construcción. En tres días más concluiría su periodo constitucional y estaba listo para entregar el poder a Emilio Portes Gil, designado presi – dente interino en sustitución de Álvaro Obregón, quien había sido asesinado apenas el 17 de julio anterior. Al parecer Calles era inconmovible, pues en los últimos meses había tenido que enfrentar las sospechas en su contra desatadas por el terrible magnicidio, la guerra cristera asolaba el país y las relaciones con los Estados Unidos por la cuestión petrolera hacían sonar tambores de guerra. Nada de eso, sin embargo, menguó la fortaleza de Calles, la figura política más importante del momento, próximo a convertirse en el Jefe Máximo de la Revolución.

Calles llegó a la esperada inauguración acompañado por el secretario general del Gobierno del Distrito Federal, encargado del Despacho, licenciado Primo Villa Michel; por su secretario particular, el señor Fernando Torreblanca; por el arquitecto y concejal del Ayuntamiento de la Ciudad de México, Guillermo Zárraga; por el ingeniero Gustavo Durón González, y por otros invitados.

El Presidente inició un exhaustivo recorrido por el edificio con Zárraga y Durón, quienes, paso a paso, le fueron explicando cada una de las finalidades de los espacios de los cuatro pisos que recorrían. La planta baja, lugar donde se encontraba el garage de bombas, el patio de maniobras, los talleres de reparación, el depósito de herramienta, el vestidor, el gimnasio, los baños y las oficinas, se destinarían al Cuerpo de Bomberos. El buen gusto de las modernas instalaciones llamaron su atención desde el primer momento. La visita continuó en el primer piso, donde se encontraban los dormitorios de los apagafuegos, cada uno dotado por una barra de deslizamiento que llevaba al piso inferior con la rapidez que merecía la urgencia de su servicio; en esa misma planta, una amplia y bien dotada cocina recibió muchos elogios.

Con tranquilidad no exenta de formalidad, los invitados llegaron al el segundo piso, que marcaba la división entre el Cuartel Central de Bomberos y la Inspección General de Policía. En este lugar, que ocuparían las oficinas de la Policía, se hallaba también una prisión preventiva y espacios para atender al público y a la prensa. El presidente Calles no cesaba de elogiar la estupenda distribución de los espacios.

El último piso lo ocuparían las oficinas privadas de la Inspección. Aquí finalizó la visita guiada a las múltiples personalidades que aquel día se dieron cita en aquella céntrica zona. Cada aspecto de la edificación había asombrado por su extraña belleza y magnífica planeación, y aunque aún estaba vacío, pronto comenzaría la mudanza de sus ocupantes para darle vida a la magna construcción. No era difícil imaginarlo.

Los invitados se concentraron de nuevo en el patio central. La última etapa del evento había llegado, y con la misma naturalidad con que había tomado las riendas de la política nacional desde 1924, el general Calles colocó, auxiliado con las herramientas adecuadas, la losa que faltaba, con la que se concluyeron las obras del moderno inmueble.

Para dar testimonio de la historia, los presentes firmaron el acta inaugural, que a la letra decía:
En la Ciudad de México, el día veintisiete de noviembre de mil novecientos veintiocho, el señor general Plutarco Elías Calles, Presidente de la República, colocó la última piedra del edificio destinado a Inspección General de Policía y a Cuartel Central de Bomberos.

La obra se hizo por iniciativa del señor licenciado Primo Villa Michel, secretario general encargado del Despacho del Gobierno del Distrito. Los planos y proyecto ge ne ral se debieron a los arquitectos Guillermo Zárraga y Vicente Mendiola, colaborando con ellos los arquitectos Gustavo M. Saavedra, Luis Alvarado y Ernesto Ignacio Buenrostro. Los cálculos de cimentación y estructura de concreto armado se debieron al ingeniero ruso nacionalizado mexicano, don Jacobo J. Malajevitch. El presupuesto y especificaciones se debieron a Absalón Correa C. y a Mariano Veytia. Los trabajos los llevaron a cabo el ingeniero Gustavo Durón González y el arquitecto Pablo Lozano. Fue maestro de obras Miguel Carrillo, de carpintería Arca dio Delgadillo, de herrería José Molinet, de pintura Jesús Barrientos M., de instalación sanitaria Francisco Moreno, y de instalación eléctrica Rogelio Gayol, todos dependientes de La Urbana, S.A., Compañía Constructora Contratista.

Los trabajos se empezaron el veinte de agosto de mil novecientos veintisiete, fecha en que comenzaron la cimentación los arquitectos Roberto Álvarez Espinosa y Manuel Ortiz Monasterio, y el día cinco de octubre del mismo año, el ingeniero Gustavo Durón González y el arquitecto Pablo Lozano se hicieron cargo de la estructura y de la obra en general hasta su terminación. El arquitecto Luis R. Ruiz tuvo a su cargo algunos cálculos complementarios y supervisión de la obra durante algunas semanas. Para constancia firman los presentes.

En la Ciudad de México, el día veintisiete de noviembre de mil novecientos veintiocho, el señor general Plutarco Elías Calles, Presidente de la República, colocó la última piedra del edificio destinado a Inspección General de Policía y a Cuartel Central de Bomberos.
La obra se hizo por iniciativa del señor licenciado Primo Villa Michel, secretario general encargado del Despacho del Gobierno del Distrito. Los planos y proyecto general se debieron a los arquitectos Guillermo Zárraga y Vicente Mendiola, colaborando con ellos los arquitectos Gustavo M. Saavedra, Luis Alvarado y Ernesto Ignacio Buenrostro. Los cálculos de cimentación y estructura de concreto armado se debieron al ingeniero ruso nacionalizado mexicano, don Jacobo J. Malajevitch. El presupuesto y especificaciones se debieron a Absalón Correa C. y a Mariano Veytia. Los trabajos los llevaron a cabo el ingeniero Gustavo Durón González y el arquitecto Pablo Lozano. Fue maestro de obras Miguel Carrillo, de carpintería Arcadio Delgadillo, de herrería José Molinet, de pintura Jesús Barrientos M., de instalación sanitaria Francisco Moreno, y de instalación eléctrica Rogelio Gayol, todos dependientes de La Urbana, S.A., Compañía Constructora Contratista.

Los trabajos se empezaron el veinte de agosto de mil novecientos veintisiete, fecha en que comenzaron la cimentación los arquitectos Roberto Álvarez Espinosa y Manuel Ortiz Monasterio, y el día cinco de octubre del mismo año, el ingeniero Gustavo Durón González y el arquitecto Pablo Lozano se hicieron cargo de la estructura y de la obra en general hasta su terminación. El arquitecto Luis R. Ruiz tuvo a su cargo algunos cálculos complementarios y supervisión de la obra durante algunas semanas. Para constancia firman los presentes.

Por su parte, Excélsior publicó:
Fuera de crónica, estamos que no está de más decir, aún cuando sea en brevísimos renglones, que era tiempo ya de que nuestro benemérito cuerpo de bomberos, el que, con valentía y abnegación no pocas veces en lo heroico, ha salvado del desastre del fuego a importantes zonas de la capital; era tiempo ya, decimos, de que nuestros bomberos tuviesen un local decoroso, de acuerdo con sus elevadas funciones.

El nuevo edificio fue construido en tan sólo un año, pero el predio y la zona donde se levantó estaba llena de historias y recuerdos. Desde el México virreinal aquel sitio fue lugar de encuentro de personas que, sin ilusiones ni sueños, buscaban nuevas esperanzas.

CON LA ALAMEDA POR GUARDIANA

La calle de Revillagigedo desemboca en el lado suroeste de uno de los lugares más famosos e importantes de la Ciudad de México: la Alameda Central, que a lo largo de su existencia ha sufrido muchas transformaciones, a la vez que sus árboles y monumentos han sido testigos del crecimiento demográfico, resultado de la modernización: la construcción de edificios o inmuebles, la modificación de las calles y su pavimentación, el derrumbamiento de casas y la edificación de otras nuevas.

Desde el año de 1592 –apenas setenta y un años después de la conquista de Tenochtitlan se iniciaron los trabajos que conformaron este parque, por órdenes del virrey Luis de Velasco hijo. Aquel predio todavía simple y vacío vio llegar, desde Coyoacán, a sus naturales cargados de alisos, álamos blancos y negros para plantarlos ahí; un año más tarde, los nativos de Tlalmanalco, Iztapalapa, Mixquic y Culhuacán fueron aleccionados para cortar y transportar morillos para la Alameda, esta vez por órdenes de Luis de la Cerda, gobernador de Tlalmanalco.

Casi dos siglos transcurrieron para que culminaran los trabajos que levantaron de la nada un hermoso parque en pleno centro de la ciudad. Fue en el año de 1775 cuando el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa la inauguró y, admirado por la belleza del lugar, ordenó que todos los domingos y días festivos ahí se interpretara música. La zona había adquirido vida.

No obstante, sus alrededores estaban ocupados por chozas habitadas por gente miserable que incluso moría de inanición o de podredumbre. Manuel Rivera Cambas, en su libro México pintoresco, artístico y monumental, escribió: “miserables chozas en el fango y la basura, diseminadas aquí y allá, constituían el pobrísimo arrabal…” En las cercanías también había casas clandestinas de juego de bolos, prohibidas en aquel entonces por Ordenanza real, y muchas disputas entre la fuerza pública y quienes querían evitar a toda costa el cierre de aquellos “indecentes” lugares.

Así era el paisaje hacia 1760. En cierta ocasión, el chantre de la Catedral de México, Fernando Ortiz Cortés, dio una larga caminata por aquella zona; al pasar por las chozas, lo sobresaltó el llanto de un bebé, y cuando entró en la casa de donde provenía, vio al niño con su madre, muerta de inanición varios días antes. Desde aquel momento, don Fernando se propuso fundar, en ese mismo lugar, un Hospicio para Pobres, cuya edificación comenzó el 12 de septiembre de 1763 y concluyó cinco años más tarde, cuando Ortiz Cortés ya había fallecido. En diciembre de 1768 una nueva esperanza se había abierto para los desvalidos de aquella zona de la ciudad.
Aunque los esfuerzos del Hospicio para auxiliar a la mayor cantidad posible de personas fueron muy intensos, pronto se vio rebasado. El pequeño edificio tenía un cupo muy limitado y sus recursos escaseaban día con día; era preciso que intervinieran las autoridades.

El virrey Bucareli, conmovido ante tan humanitario esfuerzo, durante su administración apoyó en todo lo posible al Hospicio. Además de algunos beneficios, al edificio se le agregaron tres casas y un baldío donde se construyeron habitaciones para mujeres embarazadas y convalecientes; durante todo el Virreinato se conoció a este lugar como la Casa de recogidas.

Desde finales del siglo XVIII ya se registra la existencia de la calle de Revillagigedo, precisamente en el barrio de la Alameda. En aquella calle se encontraba el Hospicio de Pobres que con los años evolucionaría al ampliarse sus objetivos y capacidad.

UN NUEVO DESTINO
Mientras atestiguaba el rápido crecimiento del lugar, la Alameda también sufrió modificaciones. En el año de 1796, por órdenes del virrey De Croix, se amplió hacia el oriente sobre la plaza de Santa Isabel, y hacia el norte sobre la de San Diego; asimismo, para embellecerla aún más, se instalaron cinco fuentes con esculturas de dioses mitológicos.

En el siglo XIX, más precisamente durante el Segundo Imperio, Carlota de Habsburgo ordenó que se plantaran árboles, rosales y césped para darle gusto a la sociedad afrancesada. Luego del derrocamiento de Maximiliano, Benito Juárez mandó derribar la barda que rodeaba el maravilloso parque y dar paso franco a quien quiera visitarlo.

Pero no fue sino hasta el Porfiriato cuando la Alameda vivió su máximo esplendor. En los primeros años del régimen de Díaz se colocó el Pabellón Morisco, que permaneció allí hasta 1908, cuando fue trasladado a la alameda de Santa María la Ribera, y en su lugar se levantó el Hemiciclo a Juárez.

Durante algún tiempo dicho pabellón formó parte de los paseos de las clases aristocráticas que invadían el lugar los domingos. Los quioscos, que permanentemente emanaban compases de sones, polcas y valses de moda, eran muy concurridos, en tanto los vendedores de juguetes, helados, refrescos y dulces se daban cita alrededor de la vegetación formada por cedros, campánulas, crisantemos, azucenas, dalias, malvones, rosas, lirios, geranios, margaritas, petunias y laureles de la India. Unos y otros compartían un ambiente extremadamente limpio gracias al Cuerpo de Celadores de la Comisión de Paseos, encargado de barrer y regar el lugar diez veces al día.

Desde sus primeros años, el Hospicio de Pobres pudo sobrevivir gracias a la aportación obligatoria de una parte de los sueldos de los trabajadores de la Casa de Moneda, así como a las donaciones de filántropos y del propio gobierno.

Hacia 1806 el Hospicio contaba con una nueva construcción a un lado del edificio principal: la Escuela Patriótica, que abrió sus puertas con el objetivo de impartir educación a los huérfanos, pues estaba “consagrada a separar a los niños honrados de los delincuentes”. Durante todo el siglo XIX, miles de personas pasaron por sus muros y aulas buscando un pedazo de pan o un lugar donde dormir; algunos salían sabiendo leer y escribir, pero otros partían sólo para regresar meses después en iguales o peores condiciones de pobreza. Los administradores del Hospicio se esforzaban mucho, y con apoyo del gobierno pudo convertirse en una de las edificaciones más grandes e importantes del barrio de la Alameda.

Pero la ola renovadora del Porfiriato también lo afectó. En 1900 Porfirio Díaz ordenó su traslado a la municipalidad de Tlalpan, con el objetivo, por una parte, de ofrecer mejores condiciones de salud e higiene a los huérfanos, y por otra, de terminar de embellecer la avenida Juárez, centro de reunión y diversión de las más prestigiadas y exclusivas clases sociales.

La nueva sede en el sur de la ciudad tardó seis años en terminarse, al cabo de los cuales el Hospicio de Pobres cerró sus puertas para siempre. Corría el año de 1906 y el viejo edificio se despidió de esa parte de su historia. Con seguridad el gobierno lo remodelaría y nuevos huéspedes harían su entrada por la misma puerta que había visto salir a pobres y huérfanos. No obstante, la administración de Porfirio Díaz tenía los días contados: una insurrección comenzaba a levantarse en México.

Mientras el país pasaba por la trepidante y sangrienta etapa de la Revolución Mexicana, el edificio estuvo abandonado veinte años, pues poco tiempo había para pensar en la vieja construcción que poco a poco se derruía. Y aunque alguien hubiera tenido la osadía de emprender su remodelación, las arcas del país no daban lugar a lujos como el que aquel supondría. Hubo que esperar un mejor momento.

DESDE LOS CIMIENTOS
Al concluir la Revolución Mexica un nueva era parecía comenzar para los mexicanos, pues aunque la sangre aún se derramaba a lo largo del territorio nacional, la promulgación de la Constitución de 1917 había instituido un nuevo orden político y social. Las arcas del Estado tardaron en recuperarse y las obras públicas pasaron a segundo plano.

No fue sino hasta que Plutarco Elías Calles asumió el poder (1924), cuando comenzó una nueva etapa. El Presidente tuvo en cuenta el edificio de Revillagigedo, aunque en un ámbito distinto de sus funciones originales.

La construcción estaba tan deteriorada que era prácticamente inhabitable, pues sus muros comenzaban a desmoronarse. Por ello, en 1926 fue derrumbado hasta los cimientos, mientras se planeaba la nueva construcción, mucho más moderna, con la función de albergar servicios de protección civil: la Inspección General de Policía y el Cuartel Central de Bomberos. Para su eficiente funcionamiento, este inmueble tendría que cubrir las necesidades de ambas corporaciones. La calle de Revillagigedo y, a lo lejos, la Alameda, iban a presenciar un nuevo y más impresionante cambio en el paisaje.

Éstos eran nuevos tiempos. La sociedad mexicana había experimentado una vertiginosa transformación en las últimas dos décadas, y las nacientes construcciones no podían quedarse atrás. El mundo entero había decidido entrar en el siglo XX con ánimos evolutivos, repercutiendo en los estilos arquitectónicos que se transformaron o importaron de países como Francia.

Las corrientes artísticas del momento, influidas de manera fundamental por la Primera Guerra Mundial y el acelerado progreso tecnológico, se centraban en el aspecto estético. En sus creaciones, los artistas buscaban la combinación perfecta entre lujo y comodidad al alcance del mayor número de personas posible; así nació el art déco, apócope de dos palabras en francés que se refieren a las artes decorativas. Aunque dicho concepto se extendió hasta la década de 1960, el fundamento de este movimiento artístico y social surgió en los primeros años del siglo XX.

Este art déco, que preconizaba el progreso técnico, se considera como un arte de transición hacia el modernismo y tuvo gran influencia en la ilustración, la pintura, la cerámica y, por supuesto, la arquitectura; este estilo fue producto de la fusión de las vanguardias europeas (del cubismo, por ejemplo, tomó las formas geométricas).

México no tardó en recibir la influencia de los países europeos, más aún después de que en París se realizó la Exposition des arts décoratifs, en 1925, a pesar de que, con la Revolución, el nacionalismo y el retorno a lo indígena prevalecían fuertemente en el país. De este modo, las ideas estéticas y pragmáticas cobraron fuerza en la arquitectura mexicana de aquellos años.

En la Ciudad de México pronto se comenzaron a ver construcciones con características particulares, algunas inconfundibles del art déco: ningún ornamento en las fachadas salvo alejamientos en tercera dimensión; el uso de decoraciones vegetales estilizadas y de elementos prehispánicos, así como estructuras perimetrales a un espacio central integrado con sistemas de circulación vertical. De ese entonces destacan los edificios de la Lotería Nacional, los interiores del Palacio de Bellas Artes, las sedes de algunas dependencias gubernamentales y, en conjunto, la colonia Hipódromo de la Condesa.

En consecuencia, el nuevo edificio en la calle de Revillagigedo tendría estas características. Para ese momento ya se sabía cuál sería su destino y que el gobierno sufragaría los costos de edificación, pero aún no se decidía cuál constructora se haría cargo de la obra pública.

Fue así como en 1926, mismo año en que se demolió la antigua sede del Hospicio de Pobres, el Departamento del Distrito Federal, dirigido por el general Francisco Serrano, por iniciativa de la Secretaría General de Gobierno, solicitó a la compañía La Urbana realizar el proyecto del nuevo edificio de la Inspección General de Policía y el Cuartel Central de Bomberos; quedaba claro que la planeación, distribución y utilización de los espacios tendrían que adecuarse a las distintas necesidades de ambas corporaciones de servidores públicos.

Por su magnífico uso del art déco, en aquel entonces sobresalían los proyectistas mexicanos Eduardo Macedo y Abreu, José Villagrán García, Francisco Dávila y Vicente Mendiola, quienes además eran cercanos colaboradores en la Secretaría de Educación Pública desde 1920. De entre ellos, fue Vicente Mendiola quien trabajó con el arquitecto Guillermo Zárraga, dueño de La Urbana, en el diseño y el proyecto solicitados; aunque participaron en los trabajos otros importantes ingenieros como Gustavo Durán G., Mendiola destacó en el proceso de planeación.

Su trayectoria era muy interesante. Nacido en Chalco, Estado de México, en 1900, a los dieciocho años recibió una beca del gobierno de su estado para estudiar arquitectura en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, ubicada en la Ciudad de México; pronto descolló como alumno y recibió la influencia directa de sus ilustres maestros Carlos Lazo, Federico Mariscal y Eduardo Macedo y Abreu.

Mendiola, además de ser un gran acuarelista, pronto fue reconocido por su gremio, pues en 1924 ganó un concurso con un proyecto acerca de la maleabilidad del concreto en relación con las formas que la modernidad demandaba; en éste señalaba: “… la arquitectura es el arte de la belleza de la construcción”. Con La Urbana también participó en la reconstrucción de la Correccional para Mujeres.

El proyecto se presentó a las instancias gubernamentales que, sin muchas dificultades, lo aprobaron junto con la cantidad de un millón de pesos destinados a su construcción. Los primeros trabajos comenzaron el 1 de agosto de 1927. No obstante que los ingenieros gubernamentales y los de la propia constructora le hicieron múltiples cambios al proyecto original de Mendiola, es indudable que la estructura del edificio fue creación de la mente de este joven y brillante arquitecto mexicano.

Casi quince meses tardó la obra, y el resultado maravilló a propios y extraños. En el edificio gris se apreciaba la indudable influencia del art déco, en tanto saltaban a la vista los extenuantes estudios de Vicente Mendiola sobre la maleabilidad del concreto armado (se usaron más de mil toneladas de cemento), y además resaltaba por su modernidad, funcionalidad y magnífica distribución.

En la esquina de Revillagigedo e Independencia sobresalía entonces una gran torre cuyo principal objetivo fue alojar las escaleras y el pozo central para colgar, escurrir y secar las mangueras de los bomberos, y donde estaba la alarma en caso de siniestro; coronándola, una cúpula parecía salvaguardar al resto del edificio.

Se emplearon contados ornamentos para decorar el inmueble, todos con notoria influencia del arte prehispánico y con figuras estilizadas: era notable la belleza de los arcos interiores del edificio y de los cristales de la puerta original. ¶
Esta misma influencia se observa en dos altorelieves que el escultor Manuel Centurión realizó para la pared exterior de la torre, que representan de manera más que adecuada el agua y el fuego, precisamente con la influencia del denominado indigenismo, o sea el uso de elementos ornamentales prehispánicos adaptados a construcciones modernas.

Destacaban, además, la fachada de la calle de Independencia y la que daba a la de Revillagigedo, así como la planta y el patio central. El terreno abarca 1 800 metros cuadrados y consta de cuatro plantas, perfectamente ideadas para el uso que se les daría.

UN EDIFICIO MODERNO

Después de la sencilla inauguración que efectuó el presidente Plutarco Elías Calles el 27 de noviembre de 1928, la prensa se explayaba sobre la nueva construcción.

El periódico Excélsior, en uno de sus artículos comentaba:
… seduce al profano y al técnico. Aquél, poco o nada razona el por qué del encanto que recibe. Se asombra, siente la belleza. Éste, analiza su sentir. Pues bien: en este análisis, se nos decía, nos lo decía un técnico de primera fuerza: el carácter general del edificio está subrayado por su estilo sobrio, sin dejar de ser elegante. Note usted que en cada una de sus dependencias, y sin perder de vista la severidad necesaria a un edificio de esta índole, se estudiaron con el mayor cuidado y riqueza posibles, cada uno de sus elementos, de acuerdo con lo más moderno que se ha empleado en el mundo para construcciones similares. Esto, naturalmente, sin dejar de recordar las líneas generales que pudiesen dar al edificio un sello mexicano.

El Universal, por su parte, se sumaba a los elogios:
La edificación obedece tanto en los materiales empleados como en los procedimientos de construcción a los métodos más modernos que sigue la ingeniería, siendo todo el edificio de concreto armado con columnas y trabes que sostienen todos los pisos del edificio. En las instalaciones sanitarias se han empleado los muebles más modernos que se conocen. Las instalaciones de teléfonos y eléctrica son ocultas y el decorado adecuado al destino de los diversos salones de que se forma el edificio. Las puertas y ventanas sujetas a intemperie son de fierro y las interiores de madera…

La modernidad había llegado a la Ciudad de México de la mano del edificio de Revillagigedo e Independencia.

Este hibridismo –continuaba el artículo de Excélsior–, que a los ojos demasiado exigentes, o quizás impreparados, pudiera parecerle un tanto censurable es, sin embargo, uno de los sellos característicos e inevitables a toda producción arquitectónica contemporánea, especialmente en los países como el nuestro.
Es verdad: la lucha entre las tendencias modernas a que nos obliga la marcha de las naciones civilizadas; el material absolutamente nuevo con que estábamos trabajando que, además de ser universal, nos obliga a buscar formas absolutamente nuevas y, por otra parte, la tradición inmensamente bella e imperiosa, así como el clima y condiciones de nuestro medio físico y moral; esta lucha tiene que manifestarse, arquitectónicamente, en tipos no completamente definidos en un es ti lo único, sino al contrario, en tipos que son reflejo fiel de la época de preparación, gestación e inquietud en que vivimos. No puede pretenderse, pues, que esta obra sea elogiada como una obra de arte puro, sino como un esfuerzo noble, grande y altamente simbólico de un pueblo que lucha, investiga y que se esfuerza por tomar aventajada colocación en el mundo.

AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

Cuando el edificio de la Inspección General de la Policía y Cuartel Central de Bomberos se inauguraba, sus futuros habitantes ya ansiaban mudarse, lo que ocurrió al siguiente día. La Inspección se trasladó de un inmueble que ocupaba en la avenida del Palacio Legislativo, mientras que el Cuerpo de Bomberos se hallaba provisionalmente en la avenida Juárez.
En las siguientes semanas, ambas corporaciones pudieron apreciar la perfecta planeación de los espacios. Las más ínfimas necesidades quedaron cubiertas con este nuevo inmueble, y de inmediato iniciaron su labor de protección civil. Con el tiempo, multitud de personas penetraron en su interior en busca de auxilio, pues la sociedad mexicana siempre encontró dentro de sus muros una noble y fiel vía a la solución de sus problemas.
También fueron innumerables las veces que la alarma sonó estrepitosamente –a cualquier hora del día y de la noche– desde la alta torre del edificio, tras lo cual seguían las campanas de los vehículos que en aquel entonces estaban al servicio del Cuerpo de Bomberos y que salían de prisa hacia cualquier parte de la ciudad para evitar desastres o apagar incendios.
El edificio fue fiel testigo de los cambios en México y de aquellas corporaciones de seguridad. Por otra parte, los pequeños coches fueron cambiados pronto por patrullas motorizadas y motocicletas, y por la otra, por carros para bomberos cada día más rápidos y modernos. Como complemento bombas de agua, mejoradas una y otra vez, pasaron por el interior del inmueble.
Pronto, la esquina que formaban Revillagigedo e Independencia se convirtió en sinónimo de servicio a la comunidad. Y así fue durante varios años, hasta octubre de 1957, cuando la Central de Bomberos se trasladó al cruce de las avenidas Fray Servando Teresa de Mier y Circunvalación. No pasó mucho tiempo para que los gendarmes continuaran el ejemplo y salieran para siempre del edificio que durante tantos años los había albergado.

EL TIEMPO DE LA BUROCRACIA
A partir de 1957 el edificio salvaguardó a la Tesorería, previas modificaciones a su estructura: se cerraron los arcos que daban a la calle de Independencia y se clausuró la escalera de la torre. Más adelante, en 1980, lo ocupó la Secretaría de Marina, hasta los terremotos de 1985. Ahora de nuevo cobra vida.

HACIA UN ESPACIO DE EXPRESIÓN ARTÍSTICA
En 1996, después de varios años de tesonero trabajo, la asociación civil Populart, presidida por Teresa Pomar y constituida por un grupo de expertos, hizo la petición oficial al Gobierno del Distrito Federal, a fin de que el inmueble de Revillagigedo se destinará para sede del Museo de Arte Popular, lo cual se logró en 1999.
El 3 de julio de 2003 comenzó la remodelación del edificio, como resultado del entusiasmo y empeño de la Asociación de Amigos del MAP, presidida por Marie Thérèse Hermand de Arango.
El MAP pronto será un espacio de expresión artística sin igual en la Ciudad de México. La rica historia de solidaridad, honradez y voluntad de servicio que empezó con el antiguo Hospicio de Pobres, continuó con aquellas corporaciones de policías y bomberos y después con la Tesorería y la Secretaría de Marina, ahora empezará una nueva etapa.