SITIO EN ACTUALIZACIÓN CONSTANTE

Cocina mexicana y literatura

José N. Iturriaga

En la literatura y sobre todo en la poesía suelen aparecer alimentos. He aquí algunos fragmentos ejemplificadores:

De Xayacámach, hacia el siglo XIII:

Se embriagaba con el corazón de la flor del cacao.
Resuena un hermoso canto,
eleva su canto Tlapalteuccitzin.
Hermosas son sus flores.
Se estremecen las flores, las flores del cacao.

De un auto sacramental anónimo del siglo XVI:
¡Oh qué sabor excelente!
Es pan del cielo enviado.
¡Oh manjar glorificado!
¡Por Dios sabe lindamente!
¡Oh, qué cielo tan honrado!

Hacia 1574, Juan de la Cueva escribió sobre las “excelencias de México”:

Mirad a aquellas frutas naturales,
el plátano, mamey, guayaba, anona,
si en gusto las de España son iguales.
Pues un chicozapote, a la persona
del Rey le puede ser empresentado
por el fruto mejor que cría Pomona.

Bernardo de Balbuena (1562-1627) escribió Grandeza mexicana:

Mil apetitos, diferentes trazas
de aves, pescados, carnes, salsas, frutas,
linajes varios de sabrosas cazas.
El membrillo oloroso, la manzana
arrebolada y el durazno tierno,
la incierta nuez, la frágil avellana,
la granada vecina del invierno…

Veamos el atractivo cuerpo de la virreina marquesa de la Laguna, en ojos de sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695):

Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos, provocan,
tántalos, los deseos ayunos:
míseros, sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de tus dos palmas brotan,
frígidos si los ojos los miran,
cálidos si las almas los tocan.
Plátano tu gentil estatura,
flámula es, que a los aires tremola:
ágiles movimientos, que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.

Ya en el siglo XIX, de Guillermo Prieto:

Como una copa
de jerez seco
que se nos brinda
tras el puchero,
y entona briosa
mentes y nervios
y nos dispone
grata el contento,
sin aturdirnos
ni enloquecernos,
así es, muchacha,
ni más ni menos,
eso que llaman
amor de viejo.

De Salvador Díaz Mirón:

¡Semejas esculpida en el más fino
hielo de cumbre sonrojado al beso
del sol, y tienes ánimo travieso,
y eres embriagadora como el vino!

De Manuel Gutiérrez Nájera:

¿Ves qué rojas son las fresas?
Y más rojas si las besas…!
¿Por qué es rojo su color?
Esas fresas tan suaves,
son la sangre de las aves
que asesina el cazador! […]
La azucena que te envío
es novicia que profesa,
y tu boca es una fresa
empapada de rocío.

De Amado Nervo:

Voy firme por mi camino,
juzgando al destino fiel:
me prometió de su vino,
me prometió de su miel
y me prometió el divino
logro del ensueño aquel.

De María Enriqueta Camarillo:

Es en vano que finjas miel y amores;
ya para mí tus campos están yertos,
…Ayer, que me trajiste tantas flores,
recordé las coronas de los muertos…

Ya en el siglo XX, obligado es recordar “Suave Patria” de Ramón López Velarde, vendedora de chía y con carnosos labios de rompope, con el santo olor de la panadería y los regalos de un paraíso de compotas. Este fragmento es de otra poesía suya:

Antes de que deserten mis hormigas, amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.
Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.

De Alfonso Reyes:

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!
¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino de dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada
sabes al amanecer.

De Ángel Ma. Garibay:

Tu leve poma a un mismo tiempo cuaja
acritud y dulzor, cual los amores
en el alma se alían con los dolores,
cuando el ensueño su ideal trabaja.

De Renato Leduc:
Tórrido amor,
amor no franciscano el que le brinda
año por año turbulenta plebe
mientras pulque y fervor,
en frescos jarros de Oaxaca, bebe […]
Anhelantes de sed y de impotencia
en turbias fuentes beberemos ciencia…
¿para qué…?
Si el caramelo que mi boca chupe
será siempre tu nombre: Guadalupe…

De Carlos Pellicer:

Al fondo, decorado con trágica elegancia,
parejas embriagadas de orgiástica alegría,
dan risas y lamentos de rara resonancia;
y el vino que en el suelo rodaba, parecía
la sangre de una diosa de mármol que en la estancia
veíase rota y era sacrílega armonía.

De Jaime Torres Bodet:
Venía por los cerezos.
Sus labios entre las hojas
¿pedían frutas o besos? […]
Pude cortar, en sazón,
el racimo de sus viñas
¡y no el de su corazón!

De Xavier Villaurrutia:

Es mi amor como el oscuro
panal de sombra encarnada
que la hermética granada
labra en su cóncavo muro.
Silenciosamente apuro
mi sed, mi sed no saciada,
y la guardo congelada
para un alivio futuro.

De Elías Nandino:

En tu cuerpo de lumbre de cerezas
se triga la ansiedad de mi locura,
y la sed de mi carne se depura,
para volver un sueño tus bellezas […]
¿Con qué rejas de aroma de azucena
haces prisión al alma, que me bañas
con un olor de tempestad de cañas
que en azúcar sensual se desenfrena? […]

Salvador Novo no ocultaba sus preferencias sexuales:
[…] Pero quisiste darte la elegancia
de no venir, de desdeñar mi fuego,
sin saber que recibo por entrego
leche de muchos toros en mi estancia […]

De Octavio Paz:
Los ojos ven, las manos tocan.
Bastan aquí unas cuantas cosas:
tuna, espinoso planeta coral,
higos encapuchados,
uvas con gusto a resurrección,
almejas, virginidades ariscas,
sal, queso, vino, pan solar.

De Efraín Huerta:

Alba de añil, apresurada fruta,
deshecha estrella reclamando sitio,
lluvia de cabelleras, miel sin ruta,
alba suave de codos en el valle […]

De Griselda Álvarez:

Prestancia al inquirir, garbo patricio
con que respiras y al olor te asomas.
Si te das en el huerto al dulce oficio
de indagar el perfume de mis pomas,
contribuyo mejor, en tu servicio,
y unto a mi piel un mínimo de aromas […]

De Carmen Boullosa:
Los cuerpos ahí son como frutas peladas, no aceptan ni bofetones ni caricias […]
y sus hojas mirarán al cielo para recibir la lluvia, como niñas,
su fruto tendrá jugo y será dulce y los jóvenes lo comerán en el jardín que hubo un día antes de la Caída […]