Por Carlos Peimbert

Según artistas y poetas, los mexicanos tenemos una relación única con la muerte. Este mito, ampliamente difundido en el mundo, se nutre de un repertorio rico de tradiciones. La Muerte, con mayúscula, es una figura que aparece lo mismo en las conmemoraciones anuales del 1º y 2 de noviembre, que en los bailes y en las artes populares. Sin embargo, el gusto por lo macabro es universal y también tiene equivalentes en otras latitudes.

Santa Mundicia, iglesia de San Pedro en Múnich. Peter Koudounaris, 2013

Santa Mundicia, iglesia de San Pedro en Múnich. Peter Koudounaris, 2013

Los hermosos esqueletos ataviados con joyas y ropajes elegantes que poseen algunas iglesias del centro de Europa son quizá el mejor ejemplo. Hace ocho años, en 2008, durante un viaje de investigación, el historiador Paul Koudounaris los encontró en santuarios católicos del centro de Europa. Documentó este hallazgo con hermosas fotografías en su obra Heavenly Bodies. Cult Treasures and Spectacular Saints from the Catacombs (sin traducción aún al español).

Como escribe el autor, estos conjuntos de esqueletos se veneraron en el mundo germánico durante casi dos siglos como reliquias auténticas de mártires romanos. “Reliquia” –del latín reliquiae, “lo que queda”– son los restos y objetos relacionados con la vida de Cristo, la Virgen o sus santos. El Concilio de Trento y la bula papal de 1595 reforzaron el poder mediador de éstas para alcanzar la salvación del alma.

San Benito, iglesia de San Pedro en Muri, Suiza. Peter Koudounaris, 2013

San Benito, iglesia de San Pedro en Muri, Suiza. Peter Koudounaris, 2013

“Los santos de las catacumbas” fueron el resultado de un descubrimiento inédito en Roma. En 1578, los trabajadores de un viñedo encontraron durante sus faenas una cámara subterránea repleta de esqueletos, que correspondían a los primeros siglos del cristianismo, los de las persecuciones. Se les identificó como mártires tempranos por señales tangibles –la letra M. (de “mártir”) presente en algunos cráneos o algún sedimento deshidratado en los huesos que se tomaba por sangre seca,– o intangibles, como el resplandor áureo o la fragancia que emitían los restos sacros. El Vaticano fue la última instancia responsable de certificar que se trataba de una reliquia auténtica.

Los restos mortales reabastecieron el arsenal de las fuerzas católicas en el momento de la Contrarreforma. La Alemania meridional fue su principal destino debido a que sus iglesias habían sufrido saqueos y la destrucción de muchos de sus objetos de culto, como consecuencia del enfrentamiento contra los protestantes. Koudounaris estima que llegaron alrededor de dos mil esqueletos completos; ciertamente su transporte y comercio fue redituable.

San Graciano en la basílica de Waldsassen. Paul Koudounaris, 2013

San Graciano en la basílica de Waldsassen. Paul Koudounaris, 2013

A cada “santo de las catacumbas” se les dotaba de un ajuar correspondiente a su dignidad. Congregaciones enteras se dedicaron a vestirlos: el trabajo podía tomar varios años. Conforme pasó el tiempo, cada convento desarrolló un estilo propio para armar los huesos –sin conocimientos previos de anatomía, lo que provocó que se articularan de maneras singulares– y para recubrirlos con ropajes elegantes y joyas, cuidando de dejar algunos a la vista. Algunos nobles llegaron a donarles ropa y algunas religiosas sus anillos. A veces, se recubrían los cráneos con máscaras de cera para hacerlos menos atemorizantes. En fin, los huesos se convirtieron en un soporte para la expresión artística. Por ejemplo, a San Graciano se le imaginó con el atuendo fantasioso de un soldado romano.

Desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVIII, los “santos de las catacumbas” fueron objetos preciosos de la devoción porque encarnaban la protección de la comunidad y la personificación de la gloria celestial. Familias nobles, gremios y cofradías las adquirieron para su culto privado. Quedan testimonios de sus milagros en los libros parroquiales y incontables testimonios de ellos en los ex votos.

San Valentín en la basílica de Waldsassen. Paul Koudounaris, 2013

San Valentín en la basílica de Waldsassen. Paul Koudounaris, 2013

Si estas obras nunca gozaron del aprecio de luteranos y calvinistas, el siglo de las luces trajo su condena unánime como testimonios de la superstición. El mismo José II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, emprendió una embestida contra ellos al proclamar un edicto en el que se instaba a las comunidades a deshacerse de todas las reliquias cuya autenticidad no estuviera asegurada, además de prohibir las peregrinaciones a los santuarios. Para muchos fieles, fueron años aciagos y dolorosos. Para la historia, se perdieron incontables testimonios de la fe y del arte de esos tiempos por no corresponder al espíritu de la Ilustración.

Koudounaris estima que una de cada diez se salvó de las purgas de finales del siglo XVIII. Es un milagro entonces que algunas de estas reliquias llegaran hasta nuestros días. La basílica de Waldsassen, en Baviera, resguarda la colección más grande, compuesta por diez cuerpos. Los esqueletos enjoyados habrán perdido su aura sacra, pero se yerguen como los más hermosos ejemplares de un arte hoy desaparecido.

Obras consultadas

Paul Koudounaris, Heavenly Bodies. Cult Treasures and Spectacular Saints from the Catacombs, Londres, Thames & Hudson, 2013. *Recomiendo a los interesados conseguir el libro, vale mucho la pena por sus magníficas fotografías.

Rachel Nuwer, “Meet the Fantastically Bejeweled Skeletons of Catholicism’s Forgotten Martyrs”, Smithsonian.com, 1 de octubre de 2013, {recuperado el 15 de octubre de 2016}.