SIGLO XVII

LA GRANDEZA MEXICANA

Por José N. Iturriaga

balbuena_2El poeta Bernardo de Balbuena (1562-1627), manchego, vino a la Nueva España en 1584 y aquí vivió 22 años. En Guadalajara estudió el sacerdocio y llegó a ser capellán de la Real Audiencia; no obstante, su larga poesía La grandeza mexicana es una carta en verso dirigida a su amiga doña Isabel de Tovar y Guzmán, “con quien había tenido si no un romance declarado, si algún galanteo más o menos digno de tomarse en cuenta”.

La grandeza… fue escrita en tercetos endecasílabos y aunque primero estuvo dedicada a la vieja amiga de Balbuena, después la dedicó también -para lograr su publicación- al arzobispo de México fray García de Mendoza y Zúñiga, con lo cual se vio que en este poeta el romanticismo dejaba su lugar al pragmatismo.

El capítulo IV “Letras, virtudes, variedad de oficios”, inicia de esta manera:

“¿Qué oficio tan sutil ha ejercitado
flamenco rubio, de primores lleno,
en templadas estufas retirado.

a quien los hielos del nevado reno
en la imaginación dan con su frío
un cierto modo a obrar dispuesto y bueno,

que aquí con más templanza, aliento y brío
no tenga fragua, golpe, estampa, lima,
pincel; gurbia, buril, tienda o buhío?

Telares de oro, telas de obra prima,
de varias sedas, de colores varias,
de gran primor, gran gala y grande estima:

el oro hilado, que con las voltarias
hebras que el aire alumbran entretienen
mil bellas manos y horas solitarias;

listadas tocas que en el viento suelen
volver en varios visos los cabellos,
con que a igualarse en sutileza vienen;

ardientes hornos, donde en medio dellos
la salamandria, si en las llamas vive,
se goza a vueltas de sus vidrios bellos;

grandeza_mexicanade hoy más Venecia en su cristal no escribe,
pisa en su loza. Luca en sus medallas,
que en México igualdad nada recibe.

Sólo el furioso dios de las batallas
aquí no influye, ni la paz sabrosa
cuelga de baluartes ni murallas.

Todos en gusto y en quietud dichosa
siguen pasos y oficios voluntarios,
habiendo mil para cualquiera cosa.

Alquimistas sutiles, lapidarios,
y los que el oro hurtan a la plata
con invenciones y artificios varios;

el pincel y escultura, que arrebata
el alma y pensamiento por los ojos,
y el viento, cielo, tierra y mar retrata;

adonde con bellísimos despojos
se goza del gran Concha la agudeza
que hace a la vista alegres trapantojos:

del celebrado Franco, la viveza,
del diestro Chaves el pincel divino,
de hija y madre el primor, gala y destreza,

con que ciencia y dibujo peregrino
viene en la bella Marcia y el airoso
pincel de la gran hija de Cratino;

y otras bellezas mil, que al milagroso
ingenio de ambas este suelo debe
como a su fama un inmortal coloso.

El negro azufre, que en salitre bebe
furor de infierno con que vuela un mundo,
si a su violencia resistir se atreve,

aunque invención salida del profundo,
aquí también se labra y se refina
en fortaleza y temple sin segundo

y otra inquietud mayor do a la contina
se forman cada día mil barajas
en que el más cuerdo seso desatina.

De finas telas y de urdimbres bajas,
obrajes ricos donde a toda cuenta
se labran paños y se prensan rajas;

de abiertos moldes una y otra imprenta,
bello artificio que el humano curso
del mundo en inmortal vida sustenta.

Pues de su plaza el tráfago y concurso,
lo que en ella se vende y se contrata
¿en qué suma cabrá o en qué discurso?

Los ricos vasos de bruñida plata,
vajillas de oro que el precioso cinto
del cielo en sus vislumbres se retrata:

no los vio tales Dódone y Corinto,
ni a su buril llegó el que alaba Grecia
del famoso escultor del laberinto;

do el arte a la materia menosprecia,
añadiendo valor fuerte y quilates
a lo que el mundo más estima y precia.

¿Pues quién dirá del humo los dislates,
que envueltos suben en estruendo y brasas
sobre el ligero viento y sus embates?

Adonde en fragua ardiente y yunques rasas
de hierro duro y derretido bronce
doman y ablandan encendidas masas,

y el Cíclope parece se desgonce
al sacudir los brazos, atronando
de un Etna nuevo el cavernoso esconce.

Unos labran de limas, y forjando
lo que     el buril después talla y releva
lanzan rayos de sí de cuando en cuando.

Aquél dora un brazal, éste una greba,
uno pavona, bruñe, otro barniza,
otro grava un cañón, otro le prueba.

Vuela el rumor centellas y ceniza
sobre las nubes, y en estruendo horrible
el dios del fuego la guedeja eriza;

y entre este resonante aire movible
no falta sutil lima que reduce
el duro acero a término invisible,

y en finas puntas aceradas luce
de sutiles agujas que el desnudo
aljófar hacen que por ellas cruce.

Al fin, no hay tan estrecho o tan menudo
oficio de primor y sutileza,
de fuerzas grandes, o de ingenio agudo,

que a esta ilustre ciudad [y] su grandeza
no sirva de mieles, de regalo,
de adorno, utilidad, gracia o belleza.”

Bernardo_de_Balbuena 

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