SIGLO XVI

HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS

Por José N. Iturriaga

José de Acosta (1540-1600), jesuita español, tuvo importantes cargos en la orden de san Ignacio de Loyola. Vivió 14 años en el Perú y un año en México, hacia 1586. En su Historia natural y moral de las Indias rememora las habilidades artísticas de los indígenas mesoamericanos:

FM1746“Cobre usaron labrar los indios, porque sus herramientas y armas no eran comúnmente de hierro, sino de cobre. Después que [los] españoles tienen las Indias, poco se labran ni siguen minas de cobre, aunque las hay muchas, porque buscan los metales más ricos, y en esos gastan su tiempo y trabajo; para esos otros se sirven de lo que va de España o de lo que a vueltas del beneficio de oro y plata resulta. No se halla que los indios usasen oro, ni plata, ni metal para moneda, ni para precio de las cosas; usábanlo para ornato, como está dicho. Y así tenían en templos y palacios y sepulturas, grande suma y mil géneros de vasijas de oro y plata. Para contratar y comprar, no tenían dinero sino trocaban unas cosas con otras, como de los antiguos refiere Homero y cuenta Plinio. Había algunas cosas de más estima que corrían por precio en lugar de dinero, y hasta el día de hoy dura entre los indios esta costumbre, como en las provincias de México usan del cacao, que es una frutilla, en lugar de dinero, y con ella rescatan lo que quieren. En el Perú sirve de lo mismo la coca, que es una hoja que los indios precian mucho […]”

Ahora leamos esta oda de Acosta al rey de los metales: “Del oro que se labra en Indias. El oro entre todos los metales fue siempre estimado por el más principal y con razón, porque es el más durable e incorruptible, pues el fuego que consume o disminuye a los demás, a éste antes le abona y perfecciona y el oro que ha pasado por mucho fuego, queda de su color y es finísimo; el cual propiamente (según Plinio dice), se llama obrizo, de que tanta mención hace la Escritura. Y el uso que gasta todos los otros (como dice el mismo Plinio), al oro sólo no le menoscaba cosa, ni le carcome ni envejece, y con ser tan firme en su ser, se deja tanto doblar y adelgazar, que es cosa de maravilla. Los batihojas y tiradores saben bien la fuerza del oro en dejarse tanto adelgazar y doblar, sin quebrar jamás, lo cual todo con otras excelentes propiedades que tiene bien considerado, dará a los hombres espirituales ocasión de entender, porque en las Divinas Letras la caridad se asemeja al oro […]”

josedeacosta“En México también hubo mucho de esto, y cuando los primeros conquistadores fueron al uno y otro reino, fueron inmensas las riquezas que hallaron, y muchas más sin comparación, las que los indios ocultaron y hundieron. El haber usado de plata para herrar los caballos a falta de hierro, y haber dado trescientos escudos de oro por una botija o cántaro de vino, con otros excesos tales, parecería fabuloso contarlo, y en efecto pasaron cosas mayores que estas. Sácase el oro en aquellas partes en tres maneras; yo a lo menos de estas tres maneras lo he visto, porque se halla  oro en pepita, y oro en polvo y oro en piedra […]”

La fina mano de obra artesanal indígena la vemos en esa cita “de los soberbios templos de México:  Pero sin comparación fue mayor la superstición de los mexicanos, así en sus ceremonias como en la grandeza de sus templos, que antiguamente llamaban los españoles el cu […]”

“Había pues en México el cu, tan famoso templo de Vitziliputztli, que tenía una cerca muy grande, y formaba dentro de sí un hermoso patio; toda ella era labrada de piedras grandes a manera de culebras asidas las unas a las otras, y por eso se llamaba esta cerca coatepantli, que quiere decir cerca de culebras. Tenían las cumbres de las cámaras y oratorios donde los ídolos estaban, un pretil muy galano labrado con piedras menudas, negras como azabache, puestas con mucho orden y concierto, rebocado todo el campo de blanco y colorado, que desde abajo lucía mucho. Encima de este pretil había unas almenas muy galanas, labradas como caracoles; tenía por remate de los estribos, dos indios de piedra, sentados, con unos candeleros en las manos, y de ellos salían unas como mangas de cruz, con remates de ricas plumas amarillas y verdes, y unos rapazejos largos de lo mismo”.

Acerca de los bailes y fiestas de los indios, Acosta escribe un capítulo al cual pertenecen estos párrafos: “Tañen diversos instrumentos para estas danzas unas como flautillas o canutillos; otros como atambores; otros como caracoles; lo más ordinario es en voz, cantar todos, yendo uno o dos diciendo sus poesías y acudiendo los demás a responder con el pie de la copla […] En ninguna parte hubo tanta curiosidad de juegos y bailes como en la Nueva España […]”

“Sacaban en estos bailes las ropas más preciosas que tenían, y diversas joyas, según cada uno podía. Tenían en esto gran punto, y así desde niños se enseñaban a este género de danzas. Aunque muchas de estas danzas se hacían en honra de sus ídolos, pero no era eso de su institución, sino como está dicho, un género de recreación y regocijo para el pueblo, y así no es bien quitárselas a los indios, sino procurar no se mezcle superstición alguna. En Tepotzotlán, que es un pueblo siete leguas de México, vi hacer el baile o mitote que he dicho, en el patio de la iglesia, y me pareció bien ocupar y entretener los indios, días de fiestas, pues tienen necesidad de alguna recreación, y en aquella que es pública y sin perjuicio de nadie, hay menos inconvenientes que en otras que podrían hacer a sus solas, si les quitasen éstas. Y generalmente es digno de admitir que lo que se pudiere dejar a los indios de sus costumbres y usos (no habiendo mezcla de sus errores antiguos), es bien dejarlo.”

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