SIGLO XVI

“HISTORIA GENERAL DE LAS COSAS DE NUEVA ESPAÑA”

Por José N. Iturriaga

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Fray Bernardino de Sahagún es el pionero de la moderna investigación histórica y antropológica. Su Historia general de las cosas de Nueva España no es una crónica más del siglo XVI; es una profunda, sistemática y acuciosa investigación basada en la fuente directa de la información oral.

En efecto: el formidable franciscano, con meticuloso conocimiento del idioma náhuatl, organizó a un grupo de sabios ancianos indígenas que buena parte de su vida había sido durante la época prehispánica y, por tanto, estaban en condiciones de reconstruirla.

Sahagún (1499-1590), español de nacimiento, permite asomarnos a la vida del pueblo azteca antes de la Conquista. Había una festividad que ofrecían los orfebres (“oficiales que labran oro y plata”) dedicada al dios Tótec: “En esta fiesta donde desollaban muchos cautivos, uno de los sátrapas vestíase un pellejo de los que habían quitado a los cautivos, y así vestido era imagen de este dios Tótec.”

“A este vestido con el pellejo que habían quitado al cautivo que habían sacrificado, ponían sus ornamentos preciosos, el uno de ellos era una corona hecha muy curiosamente de plumas preciosas, y las mismas plumas le servían por cabellera; poníanle en las narices una media luna de oro, encajada en la ternilla que divide la una ventana de la nariz de la otra; poníanle también unas orejeras de oro; dábanle en la mano derecha un báculo que estaba hueco de dentro, y tenía sonajas, el cual en moviéndole para andar, luego las sonajas hacían su son; poníanle en la mano izquierda una rodela de oro como las que usaban los de Anáhuac; poníanle unas cotaras bermejas, como almagradas; tenía pintado el cuello de las cotaras, con pluma de codorniz sembradas por todo él; llevaba por divisa y plumaje a cuestas atado a las espaldas, tres banderillas de papel que se movían como las daba el viento, haciendo un sonido de papel; componíanle también con unas naguas hechas de plumas ricas, que hacían una bandas por todas las naguas, que parecía como enverdugado; poníanle al cuello un joyel ancho de oro de martillo.”

El cronista llegado a México en 1529, describe con detalle la técnica de cera perdida que usaban los plateros prehispánicos para la fundición de figuras en metales preciosos. Los “oficiales que labran las piedras preciosas […] adoraban cuatro dioses o por mejor decir cuatro diablos” y también les ofrecían un festejo: “Dicen que a estos dioses atribuían  el artificio de labrar las piedras preciosas, de hacer barbotes y orejeras de piedra negra, y de cristal, y de ámbar, y otras orejeras blancas; a éstos también atribuían el labrar cuentas y ajorcas, y sartalejos que traen en las muñecas y toda la labor de piedras, y chalchihuites, y el agujerar y pulir de todas las piedras, decían que éstos las habían inventado, y por esto los honraban como dioses y por esto les hacían fiesta los oficiales viejos de este oficio, y todos los demás lapidarios; y de noche decían sus cantares, y hacían velar por su honra a los cautivos que habían de morir, y se holgaban en su fiesta. Esto se hacía en Xochimilco, porque decían que los abuelos y antecesores de los lapidarios habían venido de aquel pueblo, y de allí tienen origen todos estos oficiales […]”

“A estos cuatro [dioses] atribuían el arte de las piedras preciosas. Los artefactos de ellos eran el adorno para el labio alargado; el adorno para el labio corto, y las orejeras: de obsidiana, de cristal de roca, de ‘espuma del mar’, la blanca, y todo género de collares; las ajorcas. Se matizan, se constelan de piedras finas de jade y al desbastarse, al pulirse dicen que ése es su artificio y el descubrimiento de los dichos cuatro […] Los artífices lapidarios cortan el cristal, blanco o rojo, y el jade y la esmeralda, con arena de sílice y con un metal duro. Y los pulen con pedernal, y los perforan y horadan con un punzón de metal. Luego lentamente tallan su superficie, la desbastan, la enmollecen como plomo y dan a las piedras la última perfección con un palo; con él las pulen y de este modo brillan y echan reflejos de sí. O también con un bambú fino las pulen y con esto las perfeccionan y acababan su artefacto los lapidarios.”

Los artesanos dedicados al arte plumario también hacían ofrendas a sus dioses respectivos:  “Cuando se sentaban en los convites, de una parte se sentaban los mercaderes y de la otra parte los oficiales de la pluma. Eran casi iguales en las haciendas y en el hacer de las fiestas, o banquetes: porque los mercaderes traían de lejas tierras las plumas ricas; y los amantecas las labraban y componían, y hacían las armas y divisas y rodelas de ellas, de que usaban los señores y principales que eran de muchas maneras y de muchos nombres. Y antes que tuvieran noticia de las plumas ricas de que se hacen las divisas y armas arriba dichas, estos toltecas labraban plumajes para bailar de plumas blancas y negras de gallinas y de garzotas y de ánades. No sabían entonces aún los primores en este oficio, que ahora se usan; toscamente componían la pluma y la cortaban con navajas de iztli, encima de tablas de ahuéhuetl; las plumas ricas parecieron en tiempo del señor que se llamaba Auítzotl, y trújeronla los mercaderes cuando conquistaron a las provincias de Anáhuac: entonces comenzaron los amantecas a labrar cosas primas y delicadas.”

800px-Florentine_Codex_IX_Aztec_WarriorsAcerca de los dioses adorados por los artesanos de la pluma, cinco eran del género masculino y dos del femenino: “Xiuhtlati (‘La que esconde la hierba’) tenía puesta su camisa azul claro, y Xilo (‘brote, mazorca tierna’), la más chica, tenía hecha su camisa roja como el chile, teñida de grana, de color muy rojo; ambas tenían sus camisas con variadas plumas, salpicadas y entreveradas de varias plumas. Con éstas estaban entreveradas, con éstas estaban bordadas: con toda clase de plumas finas: de azulejo, de cola de azulejo, de pechirrojo; las que tienen color de ‘cabellitos de ángeles’ y de plumas de águila, de plumas duras de águila y luego de guacamaya amarilla, de color azul, y las plumas como color de flor de calabaza, del pecho del azulejo. Enteramente por todas partes sus camisas estaban entreveradas de plumas, con las cuales se hermoseaban maravillosamente; hechura admirable, de perfecto acabado.  Y en su orilla se hacía una orla de plumas. Es un tejido de plumas de águila, de las más blandas. También de este modo estaban entreveradas sus sandalias […] En su pecho, joyeles de oro; como discos está cortado el oro y sus orejeras de oro: estaban constantemente estremeciéndose, estaban reverberando al moverse. No llevaba a la espalda su olla de plumas de quetzal, sino solamente cabelleras de papel y en ellas puestas plumas de quetzal como si fueran volutas de humo, resplandecen. También tenía puestos sus resplandores de turquesas y ambos brazos estaban adornados de plumas de colores.”

El primor del arte plumario nos obliga a abundar, con Sahagún, sobre algunas de sus obras: “Todo lo hermoso de los escudos era atributo exclusivo de los reyes. Nada era vulgar: todo era una capa de plumas emplastada con engrudo; de plumas de loro amarillo, de plumas tornasoles;  un revestimiento de plumas de azulejo, de colibrí, de pechirrojo, pintados, decorados, teñidos de varios colores; con bolitas de pluma amarilla en el borde, con flecos en la orilla, con colgajos entreverados en la orilla, con motas de pluma de águila desmenuzada, con plumas de quetzal recortadas, con plumas de zacuan, de pechirrojo, con colgajos en la orilla o en las puntas en figura de langostas del campo […]”

Codex_florentino_51_9“También hacían exclusivamente ellos las ropas y atavíos de Moctezuma. Aquellas que él daba en regalo y con que hacía merced a sus comensales, los gobernadores de los pueblos. Por esta razón se llamaban y denominaban los dichos artistas: tecpan amanteca, ‘plumarios de la casa real’. Otros, a su vez, se denominaban: ‘plumarios del tesoro […] Estos eran los que hacían todo género de arreos y divisas para el baile de Moctezuma, con ellos danzaba él en honor de sus dioses. Al tiempo de hacerse la fiesta, le hacían una exposición de los objetos que ellos habían fabricado y lo provocaban a la afición, a ver con cuál quería bailar. Porque cada cosa que quedaba acabada, cada cosa que estaba ya terminada y perfecta, quedaba en reserva en cierto lugar. La guardaban los mayordomos del rey.”

El exhaustivo franciscano describe numerosos oficios practicados por los indígenas antes de la llegada de los españoles: carpinteros, canteros, hilanderos, tejedores, costureros, cesteros, olleros y comaleros. Incluye también a los artesanos que hacían esteras o petates y a los que manufacturaban espejos de piedra pulida con estiércol de murciélago. Destacan las descripciones del “mecánico” y del platero: “El buen oficial mecánico es de estas condiciones, que a él se le entiende bien el oficio en fabricar e imaginar cualquiera obra, la cual hace después con facilidad y sin pesadumbre, al fin es muy apto y diestro para trazar, componer, ordenar, aplicar cada cosa por sí, a propósito. El mal oficial es inconsiderado, engañador, ladrón y tal que nunca hace obra perfecta […]”

“El platero es conocedor del buen metal y de él hace cualquiera obra sutil y artificiosamente. El buen platero tiene buena mano, y todo lo que hace, lo hace con medida y compás, y sabe apurar bien cualquier metal, y de lo fundido hacer planchuelas o tejuelos de oro o de plata; también sabe hacer moldes de carbón y echar metal en el fuego para fundirlo. El mal platero no sabe acendrar la plata, déjala revuelta con ceniza, es astuto para sacar y hurtar algo de la plata.”

Gary Francisco Keller, artwork created under supervision of Bernardino de Sahagún between 1540-1585. Reproduced with permission from Arizona State University Hispanic Research Center. Wikipedia.

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