Por Alejandro Demián Marín Bello

Ganador del primer lugar del concurso de cuento de Alebrijes 2011

toros

Hubo una noche. Y esa noche los animales de la granja se juntaron en el bosque. Allí discutieron durante horas sobre la conveniencia de crear un nuevo animal.
—Una criatura —dijo el toro— que esté hecho con lo mejor de nosotros, con cuernos como los míos, y alas como las del gallo, y una cola tan bonita como la que tiene el cerdo.
—¿Y para qué queremos hacer un nuevo animal? —preguntó el cerdo, con su ya conocido mal humor.
Todos callaron. Miraron al toro. “¿Para qué hacer un nuevo animal?”, le preguntaron con la mirada.
—Vamos, amigos —respondió el toro con una sonrisa—. ¿A poco no están hartos de que los hombres de la granja nos utilicen y se lleven lo mejor de nosotros? Si creamos una nueva criatura, nuestra belleza quedará intacta, y estaremos orgullosos de nuestra creación, porque tendrá lo mejor de nosotros.
Los animales lo miraron. Luego se miraron entre sí.
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo el pensamiento de los demás—. Que alce la pata quien esté de acuerdo.
Los animales alzaron la pata con timidez. El cerdo gruñó malhumorado.
—¿Y cómo piensan hacerlo?
—Cada uno de nosotros se desprenderá de lo mejor que tenga —respondió el toro—, de lo que esté orgulloso. Los hombres de la granja no se darán cuenta, porque siempre están pensando en ellos mismos.
—Mañana en la noche —propuso el gallo—, cuando los hombres se duerman, nos reuniremos aquí nuevamente para crear a la criatura. Por ahora, volvamos a la granja, que ya se asoma el sol y yo tengo que cantar.
De día, los hombres de la granja ordeñaron a las vacas, montaron a los caballos, trasquilaron a los borregos, tomaron los huevos de las gallinas, alimentaron a todos.
Cuando los hombres se fueron a dormir, los animales se reunieron otra vez en el bosque.

—Traje a un amigo —dijo una de las gallinas. Todos le dieron la bienvenida al grillo.
—Yo también traje un amigo —dijo el burro. Todos saludaron al jabalí.
La concurrencia fue mayor que la noche pasada. También se acercaron el búho, la ardilla, el topo, la lagartija, decenas de insectos. El barullo se hizo insoportable.
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo—. Pongámonos de acuerdo, compañeros.
—Yo no sé qué es lo mejor de mí —dijo la avispa—. Me gusta mi cintura pequeña, pero también mi aguijón.
—Yo tampoco sé qué donar a la criatura —dijo el zorrillo.
—Lo que sea menos tu perfume —le respondió el perro, tapándose el hocico con ambas patas.
Los animales hablaron horas y horas sin poder convenir en la parte del cuerpo que le tocaba a cada uno ofrecer para la creación de la criatura.
gallinas—Mañana en la noche —propuso el gallo— nos veremos aquí nuevamente. Por favor, piensen bien en lo que darán. Por ahora, regresemos, que ya se asoma el sol y yo tengo que cantar.
Los animales regresaron para ser ordeñados, montados, trasquilados y alimentados.
Al caer la noche, los animales se reunieron en el bosque. Esta vez, también llegaron otros, que venían de lugares lejanos. Allí estaban el león, el lobo, el águila, el rinoceronte. Por todo el mundo se había difundido la noticia: los animales de la granja estaban a punto de crear una nueva criatura. Nadie quería quedarse fuera.
—Yo no hablo con quienes sólo están buscando la ocasión para comerme —protestó el cerdo malhumorado, al tiempo que señalaba al tigre y al halcón.
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo con tono conciliador—. Los visitantes han venido en son de paz, ¿no es así?
Y todos gruñeron, rugieron, cacarearon, chillaron, trinaron al mismo tiempo. La noche concluyó y los animales apenas si pudieron ponerse de acuerdo para firmar un pacto de paz.
La noche siguiente, todos se reunieron al abrigo de los árboles apacibles del bosque. Esa noche, sin posponerlo más, los animales iban a crear una nueva criatura. Cada uno colaboró incansablemente hasta formar el cuerpo completo. El camaleón cedió su lengua; el pato, la cola; el zorro, los bigotes; la libélula, sus alas; la serpiente, la piel. Todos fueron poniendo la mejor parte de su cuerpo en la criatura.
—Sobraron muchas partes —dijo el sapo mientras inflaba el cogote.
—Hay que hacer más —respondieron los demás.
Y juntos fabricaron distintas criaturas, que no tenían parecido entre sí. Todos trabajaron hasta el amanecer. Pero no lograron concluir su trabajo.
—Bueno, bueno —dijo el gallo—. Ya es hora de que volvamos a casa —y cantó para dar por concluida la reunión y para dar la bienvenida al sol.
Los hombres de la granja despertaron, ordeñaron a las vacas, tomaron los huevos de las gallinas, montaron a los caballos y salieron a cazar, porque se rumoraba que en el bosque se habían visto animales salvajes. Pero tuvieron mala suerte y no pudieron cazar ninguno. Los animales salvajes se escondieron muy bien.
—Tenemos que apurarnos —rugió el león ante la concurrencia nocturna—. Los hombres de la granja nos quieren cazar.
Y los animales se esforzaron con más empeño. Trabajaron toda la noche, hasta que su ejército de nuevas criaturas quedó concluido.
—¿Ahora cómo les daremos vida? —preguntó el puercoespín.
—Yo tengo una idea —dijo el elefante—. Del lugar donde venimos, las noches de luna nueva se aparece un arcoíris. Su luz otorga vida. Pero vida nocturna solamente. De día, nuestras criaturas permanecerán rígidas.
—Nosotros, los salvajes, podríamos llevarnos a las criaturas para darles vida allá —dijo la jirafa.
Todos estuvieron de acuerdo y felicitaron al elefante por su excelente idea. Todos, menos el cerdo.
¿Y para qué queremos darle vida a estos animales, si luego vendrán los hombres a quitárnoslos por ser más bonitos que nosotros? Yo prefiero ser maltratado, pero que me alimenten, a ser olvidado por culpa de estos engendros —dijo malhumorado. Pero nadie lo escuchó.
coyoteDe día, los hombres de la granja salieron a cazar, pero nuevamente regresaron con las manos vacías. Los animales salvajes ya no estaban en el bosque. Al amanecer habían partido, llevando en sus lomos a las extrañas criaturas, para darles vida con la luz del arcoíris nocturno.
Cinco noches pasaron sin noticias de los animales salvajes.
—Yo les dije que no iban a regresar —gruñó el cerdo.
—Pero ellos prometieron…
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo al caballo, que estaba al borde de las lágrimas . Ya es hora de volver a la granja. El sol está a punto de salir y yo tengo que cantar.
Con el día, las actividades cotidianas volvieron a ser cotidianas. Los hombres pensaron que los habían engañado, que los avistamientos de criaturas salvajes en el bosque habían sido alucinaciones, y dejaron de ir a cazar.
Pero llegó la noche, y con ella los animales salvajes, que traían a cuestas a las criaturas. La luz del arcoíris nocturno les había pintado la piel de distintos colores. Pero seguían sin vida, sin poder moverse.
—Hemos fracasado —dijo el rinoceronte con tristeza—. No comprendemos por qué. Expusimos a las criaturas a la luz del arcoíris, pero…
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo—. Seguramente habrá alguna solución.
—Algo hace falta —dijo la luciérnaga.
—Se lo dije —gritó el cerdo, esta vez con buen humor—. Les dije que era algo absurdo. Tantas noches de trabajo malgastadas en crear estas… estas… ¿cómo se llaman?
—No tienen nombre —dijo la serpiente—. ¡Eso es! ¡Eso hace falta!
—¡Claro! —secundó el borrego.
—¡Por supuesto! —terció la mariposa.
—¡Demos un nombre a las criaturas! —dijeron todos al unísono.
—Sólo así podrán vivir.
—Y cada noche, cuando el sol se oculte, sólo bastará decirles por su nombre para que despierten de su sueño.
—Pero hoy no les daremos nombre a las criaturas—interrumpió el gallo—. El sol está saliendo, y yo tengo que cantar.
—Cuando caiga la noche —dijo el tigre , y los hombres de la granja vuelvan a dormir, nos veremos aquí para bautizar a nuestras creaciones coloridas.
Y así lo hicieron. Los animales de la granja esperaron que el sol se metiera, y mientras tanto fueron ordeñados, cabalgados, trasquilados, alimentados. Y en el bosque, los animales salvajes se escondieron en cuevas, en follajes, en arbustos; escondieron también a las criaturas de colores, que esperaban la caída del sol para abrir los ojos y andar por vez primera.
—Compañeros —interrumpió el gallo al escándalo que se armó en el bosque esa noche—. Compañeros, por favor. Silencio. De uno en uno… De uno en uno.
—Yo considero —opinó la tortuga— que su nombre tiene que estar formado por las partes que cada uno de nosotros le cedió.
—Yo creo —opinó la cigüeña— que debemos nombrarlos a todos igual. Así no nos confundiremos.
—Yo digo —opinó la salamandra— que el nombre que les demos sea corto y sencillo, para poder llamarlos con facilidad.
gallosY así estuvieron, opinando por turnos, a ratos arrebatándose la palabra, hasta que llegaron a una conclusión, y pudieron nombrar a todos y cada uno de los seres fantásticos que habían creado.
Poco antes del amanecer, los animales con nombre abrieron los ojos, movieron la cabeza, las patas, las alas, la cola, respiraron pesadamente, y cuando se acostumbraron a estar vivos, se miraron entre sí y miraron a sus creadores.
—Son hermosos —dijo el gato.
—Mira cómo se mueven —dijo el conejo.
—¿Podemos subirnos en el lomo de uno de ellos? —preguntaron los pollitos a su mamá. Pero el sol iluminó el rostro multicolor de las criaturas y, una tras otra, se quedaron petrificadas.
—Bueno, bueno —dijo el gallo.
—¡Pum! —interrumpió un disparo. Los animales, asustados, se desperdigaron hacia todos los rincones del bosque.
—¿Lo ves, hijo? dijo un hombre de la granja—. No estaba alucinando. Aquí hay animales salvajes.
—¿Pero qué clase de animales son estos, papá? —preguntó el niño.
Los hombres de la granja miraron a las extrañas criaturas petrificadas. Se acercaron lentamente, empuñando sus armas, haciendo ruido para espantarlas. Las criaturas no se movieron. —Estos son… eeeeh… aaaaa… aleeeeee… brijes. Sí. Eso es. Se llaman alebrijes.
Y los hombres de la granja se llevaron a los alebrijes.
Desde sus escondites, los animales miraron con tristeza cómo se alejaban sus creaciones.
—Bah —dijo el cerdo—. Alebrijes. ¡Qué nombre tan feo! Está mejor el que nosotros les pusimos.
—Sí —dijo la serpiente—. Sólo que de ahora en adelante es un nombre secreto. Si los hombres llegaran a saberlo, los despertarían en las noches y quién sabe qué cosas les harían.
—Bueno, bueno —interrumpió el gallo—. Regresemos a la granja. Ya es de día y los hombres se han de preguntar dónde andamos.

Sala 4. El Arte Popular y lo Fantástico

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