Por Becky Rubinstein.
Ganadora del 3er lugar del Concurso de cuento de alebrijes 2011 del Museo de Arte Popular.

Brijondón soñaba encontrarse con la horma de sus zapatos. Como calzaba extra-extra extra grande, algo así como una talla imposible, no había en el pueblo un zapatero a su gigantesca medida. Cuando Brijondón le pidió al zapatero más viejo, de tiempos de Matusalén, un par de zapatos “negros, brillantes, como de baile”, el anciano zapatero, se puso las gafas -que le servían para ver de cerca una chinche o una tachuela, o para ver de lejos un molino de viento, y, ya con las gafas bien puestas, comentó:

-Con el respeto que me deben mis mayores —claro está que de estatura, digo que no. Imposible cumplir con tus deseos. Soy viejo, y mis fuerzas no dan para tal proeza. Pero, Brijín, mi ahijado, de seguro te sacará de apuros. Y le explicó con puntos y comas dónde encontrarlo.

ratonbrijeEl zapatero, aquí entre nosotros, prefería fabricar cien choclitos de alebrijito escolar, que un par de zapatos para tan desmesurado alebrije de cinco metros de ancho, dos de largo y patas inmensas como balsas, como canoas, como chalupas…

Dos de sus ocho dedos eran tan grandes como berenjenas; los dos dedos más flacos, parecían calabazas y los cuatro medianos, simulaban ejotes. Dificil faena fabricar suela, tacón y lengüeta para tamaños piesototes. Ni de piel, ni de estambre, ni de tela… Alebrijín, el aprendiz de zapatero, cuando se enteró que Brijondón lo andaba buscando, y para lo que lo andaba buscando, se fue de sastre al punto más alejado del mapa: al meritito desierto.

Prefierible coser tiendas de campaña para un ejército de alebrijes —explicó a su esposa y a sus cinco hijitos – que fabricar un par de zapatos para tamaño grandulón, para un patudo de marca. Soy tan pequeño y tan debilucho, que, la de malas, me pisa y me deja como carne a la plancha. O, como carne planchada. El gigantón —sin imaginarse que el otro ya andaba lejos- siguió con puntos y comas las instrucciones del viejo zapatero: caminó derecho, dio tres vueltas a la manzana, dio cinco pasos a la izquierda, y tras toparse con un árbol de manzanas doradas, y otro, de coloradas, se detuvo en seco. Tras asegurarse de que había llegado adonde tenía que llegar, dio tres toquidos a la puerta, que se abrió como por arte de magia. A su insistente “¿Hay alguien en casa?” contestó el maullido de un gato flaco con varios días de hambre. La casucha estaba vacía, a no ser por un martillo y un bote de chinches y otro de tachuelas, que en sus prisas, el aprendiz de zapatero olvidó.

Brijondón, el gigante, estaba solo en el mundo. Bueno, no tanto. Tenía un amigo que lo seguía a todas partes. Hasta parecía su sombra: un ratonbrije: pequeño, ágil y muy noviero, llamado Ratonbrije. No había en todo el pueblo, ni en sus alrededores, ratonabrija que no cayera redondita a sus pies. Su mayor atractivo: las pestañas azules y rojas de sus ocho ojos verde olivo, sin contar con su cola retorcida de cochino, parecida, según su mamá, a una serpentina y, según su papá igualita a un sacacorchos. Y cómo sufría Ratonbrije al ver al grandulón de Brijondón, siempre descalzo, cortándose con el filo de las piedras, rasguñándose con astillas de vidrio, o enterrándose, al andar, clavos o espinas. Al pobrecillo, cuando se hería o lastimaba, se le veía por las calles con las patas embadurnadas de pomadas y menjunjes y tapizadas de curitas y al lado de su amigo: siempre de estreno, siempre con zapatos nuevos.

Al muchachillo le llovían zapatos como del cielo: ni siquiera tenía que ir a comprarlos.; su mamá se los regalaba por portarse bien ; su padrino se los sacaba en la rifa del domingo o en la tómbola; sus novias —o las que aseguraban serio- se los enviaban envueltos en cajas de colores con moño y_ todo. Sus compañeros de clase llenaban su cajonera de zapatos: colorados para el lunes, azules para el domingo. Y para el resto de la semana, blancos, negros, cafés o grises. Los zapateros del pueblo, como no sabían qué hacer con tanta muestra apilada y sin dueño —que ocupaba tantísimo espacio fuera y dentro de los aparadores- le daban las gracias al ratonbrije, cuando en carretillas de albañil, cargaba con la pila de zapatos. Cuando llegaba a casa, su mamá lo saludaba con un: “Te deseo tengas tan buenos días, como zapatos nuevos”. Cuando llegaba su casa, su papá lo reprendía con un: “Si traes un zapato más, me voy de la casa. Hay zapatos como para montar una zapatería… O dos, o tres…”

En la recámara del alebrijillo no había casi muebles: apenas cabía una cama, una silla y un banquito. Ah, y una lámpara y un plato chiquitito para el queso diario. Y cajas y más cajas de zapatos. Y si bien la mamá estaba encantada con “la chifladura” de su hijito y el papá, no tanto, el amigo del alma de Alebrijin, el gigantón de Brijondón, lo festejaba cuando lo veía estrenar zapatos. Es decir, todos los días de la semana. Y hasta lo dejaba guardar en su casota las cajas que no cabían en su casitita. Al pequeñuelo, además de gustarle estrenar zapatos, le encantaba leer libros: de hadasbrijes que cumplen deseos -aunque sean muchos y casi imposibles- y de brujabrijes que preparan pócimas, aunque se preparen con uña de gato, ojos de perro, pelos de cabra y escamas de lagarto , y acompañados por un ensalmo. Como el que dice: “Brujis, trujis, muchis, machos, que la magia te obedezca, como niños de pañales Y chupeta.” Brijondón gozaba con los zapatos de su amiguito, y más con los libros que traía de la escuela. El alebrijón, como no tenía zapatos, hacía tiempo que había dejado las aulas. Además, le chocaba que se burlaran de él, que lo llamaran “burro descalzo”, o “gigantesco pelmazo”. Su amigo, en cambio, le traía libros y hasta se los leía y juntos comentaban los dibujitos y hacían nuevos. Porque, sobre todo, Brijondón dibujaba como los alebrijángeles. Dibujaba hasta dormido: zapatos, zapatitos y, sobre todo, zapatones con los que soñaba iba del Tingo al Tango, de la Ceca a la Meca y de Arriba Abajo. Y los dibujaba en la pared, en el mantel o en el techo. Porque bien que sus manotas llegaban al mismísimo techo. El día del cumpleaños de Brijondón, Ratonbrije, con ganas de que las patotas de su amigo no lidiaran más con tachuelas, clavos y alfileres; con vidrio y espinas- decidió hacerle un regalo: unos “zapatotes, aunque no fueran negros, pero brillantes, como de baile”. Con ellos, además de bailar, podría ir a la escuela: El alebrijón moría de ganas de convertirse en ilustrador de cuentos para alebrijitos y alebrijitas de maternal, pre-primaria y primaria.

Los días corrían como agua debajo del puente del pueblo. Ratonbrije —piensa que piensa en el regalo de cumpleaños para su amigo – dejó de dormir, mientras que en clase, se dormía sobre el pupitre. Ganas tenía su maestra -una alebrija de lentes y canas, cuernos de vaca y cola de reptil-de mandarlo a volar. Una noche de insomnio, Ratonbrije se dijo: -Como no hay zapatero que me saque de aprietos, no me queda más que acudir a una hadabrije. O tal vez, a una brujibrije. Pero, ¿dónde encontrarlas? Buscó en la Sección Amarilla. Por suerte, y sin necesidad de quemarse sus lindas pestañas multicolores- encontró teléfono, dirección y hasta color de pelo de una hadabrije con especialidad en brujería. Y la fue a buscar a su meritita cueva. En cuanto lo vio entrar, la hadabrije de cabellera mitad dorada y mitad plateada, le preguntó: —A ver, a ver, ¿para qué soy buena? Y apenas se enteró de que el problema tenía que ver con zapatos, sonrió. Le encantaba todo lo que tuviera que ver con zapatos con o sin tacón; con o sin moñitos; con o sin tiritas., con o sin agujetas. Era su especialidad. Y apenas conoció en fotografía al tremendo alebrijón, pensó para sus adentros: “Si hasta los ratones tienen novia, por qué yo no?”

Y le pidió al ratonbrije, tres días y sus noches y leche y galletitas, para inspirarse. Y también la fotografía del “aproblemado”. Así le puso ella. Ya sola, la hadabrije volteó la fotografía de cabeza; la puso de lado, la colocó a contraluz; bebió su lechita y mordisqueó galleta tras galleta… Durante tres días…

ratonbrije2

Mientras tanto, el ratonbrije —con tremendas ojeras por no poder conciliar el sueño- contaba las horas, los minutos y los segundos para que reapareciera la dueña de la cabellera mitad oro, mitad plata. Brijondón, al ver a su amigo más parecido a un fantasma que a un alebrije de magnífica familia -casi casi lo arrastra al veterinario-. Ratonbrije no se dejó. Y, para mantener a su buen amigo fuera de escena —no fuera a parecer, de pronto y sin aviso el hadabrije bienhechora- le contó, más bien inventó, que una prima lejana, muy lejana, que vivía lejos, muy lejos, lo invitó a pasar el fin de semana en su casa para platicar de “cosas de abuelos”. Y su amigo se tragó todo el cuento, y para nada replicó. Pero, antes de partir, Brijondón hizo jurar a Ratonbrije de que, pasara lo que pasara, estaría de vuelta para su cumpleaños. Y con un regalo, porque le encantaban los regalos. Aunque fuera un chicle o un chicloso una charamusca o ,de menos, una trompada —Un cumpleaños sin ti, sería como… un helado de chocolate sin chocolate, como un pastel sin cereza. ¿Entiendes? Tú eres mi chocolate, tú eres mi cereza. Eres mi único amigo.. .Entiendes?

Por suerte, los zapatotes que Ratonbrije mando “fabricar por arte de magia” para Brijondón llegaron a tiempo. Eran dos guacales: en parte pintados de rosa mexicano, en parte pintados de violeta, y en parte, verde bandera donde cabían enteritas sus patas con todo y dedos. Su fabricante, es deck, el hadabrije los entregó en mano al festejado. —¿Te lastiman? —preguntó con sonrisa enamorada la entre bruja y hada y alebrije, segura de que el original — o sea el alebrijón en cuerpo presente, era mejor que en cuerpo ausente, o sea en fotografía. -Parecen guantes de seda —contestó el enamoriscado alebrijón- que imaginaba estar soñando. O frente a una aparición.

Como en todos los cuentos —de hadas o no de hadas – hubo boda, y doble. El mismo día y en la misma capilla, casaron Ratonbrije y su novia —una ratona de cola de plumero y patitas pequeñas, pero correlonas- y el hadabrije con el grandotote de Brijondón , a quien jamás de los jamases le faltaron zapatos a la medida. Su hada y bruja de cabecera siempre se las ingeniaba para fabricarle unos que no le apretaran y que no chancleara por las calles del pueblo y más allá. Que lo llevaran del Tingo al Tango, de la Ceca a la Meca, de su casa a la escuela… Y el ratonbrije feliz de que los alebrijitos y alebrijitas , apenas lo veían aparecer, gritarán a viva voz: “El ratón tiene cola y tiene novia y también oficio con beneficio”.

El siempre inspirado ratonbrije —gracias a dicho oficio con beneficio- inventaba cuentos de piratas, de indios y vaqueros, de brujas, de hadas, y hasta de alebrijes, ilustrados a todo color por Brijondón, dueño de dos dedos gordos como berenjenas; dos flacuchos como calabazas y cuatro, medianos como ejotes. Como para una ensalada extra extra extra grande.