Por José N. Iturriaga

 

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La alfarería morelense es una de las principales ramas artesanales del estado. Los talleres de Tlayacapan son verdaderos museos vivos en la materia. “Las artesanas de Cuentepec son reconocidas por la manufactura de ollas tamaleras de grandes dimensiones, quemadas a cielo abierto y utilizadas en las fiestas familiares como bodas y bautizos”, menciona el arquitecto Israel López González. En Telixtac hacen lavaderos de barro y grandes tinajas con piedras de río y trozos de loza quemada. En Tlaquiltenango elaboran figuras de barro de colores imitando ajos, chiles, cebollas y frutas.

También la variedad de objetos de madera llama la atención: en Tepoztlán tallan miniaturas arquitectónicas con la corteza de pochote; en Yautepec hacen figuras humanas y de animales; en Xoxocotla elaboran máscaras de zompantle o colorín para escenificar el teatro tradicional. “La máscara más conocida de Morelos es aquella que se usa para los chinelos, hecha en malla de alambre moldeada con agregados de crin encarrujado”.

En Chalcatzingo hacen miniaturas de cuexcomates o graneros para maíz. Allí mismo y en Cuentepec trabajan tiras de carrizo para elaborar chiquihuites. También en Tepoztlán usan el carrizo para fabricar juguetes.

En Zacualpan de Amilpas y Tlatenchi practican la lapidaria, en otras comunidades la cartonería a base de papel de amate; Hueyapan, Tetelcingo y Xoxocotla realizan ornamentaciones con flores naturales y figuras de papel. En muchos pueblos diseñan arcos de semillas de colorín, maíz, frijol, alpiste, trigo, mijo y arroz para enmarcar la entrada a los templos en días de fiesta religiosa. El decorado asociado a la cerería es notable en Axochiapan, Ocotepec y en Tepoztlán.