Querida Enriqueta:

Tengo seis años. Y la noche en Apam es helada. Envuelto en una cobija en los brazos de mi padre veo las evoluciones perfectamente codificadas de los recios indígenas que llevan un inocente y elegantísimo sombrero lleno de flores, una capita color de rosa bordada con lentejuelas y un alto bastón coronado con restallantes flores de papel crepé.

Pantalones cortos de satín y camisas de satín también en colores contrastantes. Llevan horas enteras moviéndose ritualmente, cantando ceremonialmente, repitiendo sus parlamentos con una seriedad y una dignidad que le confiere a todo el acto un esencial que, muchos años después, sabré que es totalmente ritual. Hombres hecho y derechos, con rostros curtidos por el sol, mapas de arrugas que han dibujado la pobreza y el aislamiento y   menosprecio porque son morenos, porque hablan náhuatl, porque son “indios”. Como mi padre, que aprendió a hablar castellano a los trece años y por eso me llevó a Chapab cuando tenía un año para que mi “chicha”, mi abuela, la curandera-hechicera del pueblo me hiciera mi hetz mek: la ceremonia que marcó mi entrada al mundo. Ceremonia en la que me dio el nombre de D’zul (Que quiere señor que combate)  y mi padrino, qué coincidencia extraña ¿o no fue coincidencia? El instrumento con el que debería ganarme la vida. Algunos niños les dan unas semillas de maíz señalando su destino de agriculturas,  a otros un pequeño cuchillo vaticinando que habrán de ser carniceros,  a mi me dieron un viejo lápiz. Y toda la vida me he ganado la vida escribiendo si no con aquel lápiz tronchado sí con plumas y máquinas eléctricas (Que ya no existen las pobres) y con computadoras.

San Miguel, madera tallada. Acervo del Museo de Arte Popular

Cuántas verdades enigmáticas y poderosas encierran nuestras viejas, desconocidas, despreciadas ceremonias rituales como el hetz mek, como las morismas, como las entrañables pastorelas. Doy largas conferencias sobre los casi cuatro mil años de representaciones sagradas de México. Hablo de los olmecas y de que en Tres Zapotes encontramos los restos de juegos de pelotas milenarios y donde se encuentren las ruinas de un juego de pelota sabremos con certeza que se dieron  representaciones de luchas entre dioses. Hablo de cómo los mexicanos inventamos nuestros propios escenarios Porque México –que es un venero incontenible de creación y de belleza-  ha inventado tres escenarios para representar luchas entre los dioses: el juego de pelota, la plataforma central de las plazas ceremoniales y las capillas abiertas donde se representaron las prodigiosas obras del teatro evangelizador en náhuatl en el siglo diez y seis.  Y durante quinientos años hemos despreciado y agredido, esas ceremonias diciendo que no son teatro, diciendo que no valen la pena porque “son cosa de indios huarachuados bajados de la sierra a tamborazos” ese infinito tesoro generador de los intangibles culturales que son la esencia de nuestra nacionalidad mexicana.

Y te diré Enriqueta que las pastorelas son uno de los procesos de sincretismo religioso más asombrosos de la cultura humana porque detrás de san Miguel, única deidad católica con un penacho de plumas, se esconde el viejo quetzalcoatl –la serpiente emplumada- y detrás de la deidad (Que es deidad porque pertenece al mundo sagrado de la metafísica) llamada Luzbel, se agazapa Tezcatlipoca, el dios del espejo humeante, el dios de las transformaciones, el dios que gusta de jugar con el destino de los hombres.

Y que por eso aquella vieja pastorela de Apam que vi muerto de frío hace casi setenta años, es una palabra de la gramática metafísica con la que nuestros abuelos hablaban –no: hablan- a los dioses. Por eso esos hombres de capita color de rosa y sombreritos de flores no solamente no son ridículos sino oficiantes de una ceremonia antigua y útil. Sí: útil. Un día le pregunté a un viejo mayordomo porque su pastorela en Tochimilco, Puebla, tenía cuatro adoraciones. Y me contestó con naturalidad.: “para que alcance para toda la noche”. Nueva pregunta “¿Y para qué tiene que durar toda la noche’” Se me quedó viendo con sorna y un poco de lástima “Pues para ayudarle al niño Dios a que nazca con bien”. Qué vertiginosa contestación. Qué profundidad teológica: la acción humana sí cuenta en el devenir del universo. PAra esos recios oficiantes vestidos de color de rosa Dios no ha muerto. Los seres humanos siguen interactuando con él y de la manera más poderosa y más profunda: comprometiendo su propio cuerpo en cada ceremonia. Ya sean las feroces Danzas de Conquista de Zacatecas las delirantes  Adoraciones de Reyes  de Ixtapan de la sal que las dulces pastorelas del bajío.

Nacimiento, técnica cartonería. Tienda del MAP, AC

Y las estamos perdiendo Enriqueta:

Se nos están yendo de entre las manos porque gentes como tú o los luchadores del Museo de Arte Popular y los locos como yo (Una vez un Presidente del CNCA me dijo “Miguel si te salen tan bien oras como Falsa crónica de Juana la loca, para qué te metes a tratar de salvar las pastorelas?”) cada vez somos menos y aquella prodigiosa ceremonia llena de belleza viril, de respeto teológico y de humanismo apenas queda convertido en un recuerdo.

¿Qué vamos a hacer para convencer a las autoridades culturales que nuestras ceremonias son un patrimonio que ELLOS tienen obligación de proteger? Por lo menos escribamos en este blog, gritemos en los periódicos, luchemos juntos porque no se nos vaya México de entre las manos.

Tu amigo que te quiere te desea una feliz Pastorela.

Miguel Sabido.

Agradecemos el texto “Pastorela, siempre Pastorela”, del Mtro. Miguel Sabido, dirigido a nuestra Consejera Asesora Enriqueta Loaeza y elaborado especialmente para la Página web de  la Asociación de Amigos del MAP, A.C.