La Máscara, sombra del rostro antes del rostro.

Huella de ancestralidad en la repetición del rito originario. El ser que usa una máscara pierde su nombre y gana una identidad divina y eterna el tiempo que dura el ritual.

La máscara es un contenedor mientras que el rostro es incontenible.  La máscara es una cosa finita que expresa un infinito, mientras que el rostro es un infinito que expresa la finitud del mundo y de todo lo viviente.

Al hablar del rostro, el filósofo Emanuel Levinas nos dice: “el rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo el rostro es lo que nos impide matar. El rostro es lo que no podemos matar. “No matarás es la primer palabra del rostro”.

Sin embargo, La máscara le permite al ser llevar a cabo actos simbólicos que están más allá de lo humano para así poder renovar y restablecer nuevamente el orden de lo humano. Con la máscara puesta todo le está permitido al ser humano que la porta, siempre y cuando el enmascarado asuma el rol que le impone la máscara. En el mundo prehispánico, nos señala Paul Westheim,  “Aquel proceso de transustanciación, en virtud del cual el dios se impregna de la naturaleza del ser representado por la máscara, actúa asimismo en dirección inversa: el espíritu, el poder de la deidad se transmite a este ser, como puede transmitirse a cualquier criatura de la naturaleza,…… el perro, que tiene la tarea de conducir al muerto hacia el mundo inferior –según el modelo del dios Xolotl- se convierte en Xolotl, gracias a la máscara. El disfraz opera una metamorfosis de naturaleza mágica: el animal doméstico, común y corriente, se vuelve un ser dotado de fuerzas divinas”.

 La máscara es un puente a lo sobrenatural y trascendente del ser, es una presencia hierática del gesto petrificado y anclado en un tiempo que no transcurre. El tiempo de la máscara es el tiempo originario. Paul Westheim describe la máscara como la expresión de la personalidad suprarreal del hombre.

 En su libro sobre “Las máscaras de Dios”, Joseph Campbell, por su parte,  nos dice que “los dioses enmascarados de las aldeas Pueblo son personificaciones de los poderes que sostienen el espectáculo de la naturaleza”

En  toda la obra de Saúl Kaminer, no encontramos rostros sino máscaras. Sabemos que en la cultura bíblica está prohibida la representación de Dios y por lo tanto del ser humano, el cual está hecho a  su imagen y semejanza. En el mundo bíblico se unifica la visión de Dios en un ser irrepresentable  innombrable e irreductible a cualquier forma. Sin embargo Saúl Kaminer es heredero de varias tradiciones que le permiten darle cabida a  la re-presentación de lo trascendente, su vocación primera es la de generar y  expresar  formas. En sus primeros años de trabajo artístico se nutrió del llamado arte popular y a la vez integró la herencia artístico-cultural del México prehispánico como suya. También podemos percibir una influencia del arte ritual africano en sus primeras obras.

En su caso, la máscara que ocupa un lugar antes del rostro,  se torna sonido, narración mítica, animal, presencia de la naturaleza, divinidad, rastro de la historia, sombra de la sombra, gesto petrificado, talismán, memoria ancestral.

Sus máscaras  están hechas de barro, metal, madera, plumas o cartón. Son imágenes pintadas, modeladas, formateadas, esculpidas o recortadas. A través de estas nos ofrece una síntesis de las culturas que lo han nutrido.

Las Máscaras para Saúl Kaminer son voces de la tierra, son luz para la mirada, son el “Lugar de todos los acercamientos”. La máscara es “El fuego que viene del agua”.

Marina Tsadek, septiembre 2011